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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 377

Al cruzarse sus miradas, ambos no pudieron evitar sonreír.

Bianca tuvo el impulso de ir a hablar con él, pero al recordar la actitud de su madre, no se atrevió a hacerlo tan abiertamente. Así que buscó una excusa:

—Mamá, voy al baño. Si pasa algo, márcame.

Con tanta gente en el salón y ante la mirada de todos, no creía que Florencia se atreviera a hacer otra escena.

Mariano, al ver que su amada se dirigía hacia los sanitarios, curvó los labios discretamente, dejó su copa de champán a un lado, se disculpó con los presentes y caminó en la misma dirección.

En el pasillo, divisó la figura de Bianca al instante.

Aceleró el paso hasta alcanzarla, la jaló hacia su abrazo y empujó la puerta de la salida de emergencia.

Con un golpe seco, la puerta se cerró y ella quedó pegada firmemente a su pecho.

La adrenalina de Bianca se disparó y su corazón latía a mil por hora.

—Me asustaste.

Mariano le besó la frente.

—No me queda de otra. Como todavía me tienen a prueba, tengo que verte a escondidas.

Había un tono de queja fingida en su voz.

—¿Cómo es que viniste? Dijiste que no vendrías. —El hombre apretó un poco más el abrazo, con la voz ronca.

Bianca le contó entonces lo que había sucedido en la mañana:

—...Y así fue. Por eso mi mamá y yo decidimos quedarnos.

Una mirada dura cruzó por los ojos de Mariano.

Parecía que el asunto de Florencia no podía postergarse más; tenía que solucionarlo de raíz.

Acarició la frente de Bianca y le dijo:

—La próxima vez que pase algo así, avísame a tiempo. Yo te ayudo. Es muy peligroso que andes sola.

Bianca se recargó en su pecho, cerró los ojos y asintió.

—Sí, está bien.

Platicaron un rato más antes de salir.

Por suerte, no había mucha gente por los baños y nadie los vio.

Al regresar al salón, Bianca preguntó con curiosidad:

—¿Y Adriana? No la he visto.

Mariano sonrió con resignación.

Bianca desvió la vista de inmediato, sintiéndose culpable.

A Jaime no le importó; al contrario, se levantó para servirle agua.

—¿Qué haces aquí? Con lo mal que te caen esos dos, no tiene sentido que vengas a hacerte mala sangre.

Bianca se quedó callada.

Tomó el vaso y murmuró un gracias.

El Jaime de ahora era una existencia contradictoria para ella. Desde que supo que era cómplice de Florencia, Bianca solo tenía una opción: mantener su distancia.

Así que inventó cualquier excusa:

—Vine para conocer clientes.

La excusa era pésima, pero Bianca no tenía otra mejor a la mano.

Jaime se quedó pasmado un instante, sabiendo que le estaba tomando el pelo.

Sonrió y le siguió la corriente:

—No esperaba menos de la señorita Bianca. Aquí está reunida la crema y nata de Ciudad Ámbar, es un buen momento para venderse.

—Por cierto, escuché que Código Quetzal acaba de conseguir al Banco de Ciudad Ámbar como cliente. No había tenido oportunidad de felicitarte.

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