Pero esos clichés parecían ridículos frente a la determinación de Camila.
Esteban cerró los ojos un momento.
—Está bien.
Incluso si algún día Camila se arrepentía, no importaba.
Él siempre estaría detrás de ella.
Bastaría con que ella volteara para verlo.
***
Sábado.
Mansión Fajardo.
Desde muy temprano, el mayordomo puso a todo el personal a limpiar y a preparar la comida.
A las diez y media de la mañana, Esteban fue el primero en llegar a la casona.
El mayordomo salió a recibirlo.
—Joven Esteban.
Esteban entró y se cambió los zapatos por unos más cómodos, pero no vio al anciano por ningún lado.
Volteó a ver al mayordomo.
—¿Y el abuelo?
El mayordomo inclinó la cabeza.
—El señor está rezando en la capilla.
La mano de Esteban, que se estaba desabrochando un botón, se detuvo y se le ensombreció la mirada.
Poco después, llegó la familia del hijo mayor de los Fajardo; los tres estaban presentes.
Adriana murmuró para sí misma:
—El abuelo está muy misterioso. ¿Para qué nos habrá llamado hoy? Le pregunté al mayordomo y no soltó prenda, no quiso revelar ni un detalle. Seguro hay gato encerrado.
Valeria también estaba desconcertada. Volteó a ver a su hijo, pero lo encontró con una expresión tranquila y despreocupada.
—¿Tú sabes cuál es el propósito de que el abuelo nos haya reunido? —preguntó Valeria.
Mariano sonrió.
—Yo tampoco lo sé.
Dicho esto, los tres entraron.
En la entrada, la empleada les entregó las pantuflas.
Mariano, por inercia, se las pasó primero a su hermana.
—Esteban, felicidades. Últimamente eres el foco de la industria y el gran héroe de la empresa.
Los ojos de Esteban parpadearon levemente y también tomó un sorbo de su bebida.
—No es nada, es solo lo que debo hacer como descendiente de la familia Fajardo.
Adriana miró de un lado a otro y torció la boca.
Hombres falsos.
Le dio flojera seguirles la corriente, así que se levantó y caminó hacia el jardín trasero.
Entre más gente conocía, más le gustaban las flores; eran lindas y honestas.
Valeria también se sentía como sobre agujas. A su hijo no lograba descifrarlo, y con su sobrino tenía un coraje que no podía expresar.
Como el abuelo no estaba, le dio pereza fingir ser la tía cariñosa, así que siguió a su hija hacia el jardín.
Ante la actitud de su madre y su hermana, Mariano arqueó levemente las cejas e hizo como si no hubiera visto nada.
—Primo, si no quieres quedarte aquí, no te fuerces. Yo estoy muy a gusto solo —comentó Esteban por iniciativa propia.
Estar con su primo le incomodaba todo el cuerpo.
Mariano sonrió.
—No me fuerzo. Ah, por cierto, escuché que antes te oponías al uso de la IA en desarrollo, ¿cómo es que cambiaste de idea tan repentinamente?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...