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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 499

La noticia de que Camila apareció con el niño en el Edificio Fajardo se esparció como pólvora. En menos de un día, toda la empresa lo sabía.

Las fotos de Martín circulaban frenéticamente en varios grupos de chat.

La sala de descanso de Código Quetzal estaba llena de discusiones acaloradas.

—No manches, yo pensé que era puro chisme, no esperaba que fuera verdad. Dicen que el director Fajardo bajó personalmente a verlos.

—Dicen que la exnovia del director Fajardo es guapísima y que se conocen desde niños, crecieron juntos.

—Híjole, ese niño sí que supo heredar, sacó lo mejor de los padres. Miren esos ojos, son igualitos a los del director Fajardo.

—La neta sí, tápenle la mitad de abajo de la cara y se parece muchísimo al director Fajardo, es su versión mini.

Alguien nuevo que no entendía a qué "director Fajardo" se referían, asumió instintivamente que hablaban de Esteban, y dijo: —No hace falta taparle la cara, miren la nariz, la boca, se parece mucho al director Fajardo.

—¿Eh? ¿Se parece?

—Sí se parece —la empleada nueva buscó la foto de credencial de Esteban en el directorio de la empresa y la puso junto a la de Martín para comparar—. Miren ustedes mismos si no se parece.

Todos le lanzaron una mirada de fastidio, a punto de decirle que no fuera tonta, pero al fijarse bien...

Un escalofrío les recorrió la espalda.

Todos se quedaron mudos.

Qué desmadre traen los ricos, mejor no saber nada.

Bianca también escuchó sus discusiones, pero no se quedó a oír el final; tomó su taza y regresó a su lugar.

Adriana, al ver esto, suspiró. Se tocó la barriga y se quejó a propósito: —Ay, no desayuné bien, mis tripas están rugiendo. Vamos, Bianca, acompáñame a comer.

Al escucharla, Hugo detuvo sus manos sobre el teclado y miró hacia su estómago, con tono lúgubre: —¿No... desayunaste bien?

Si no recordaba mal, cierta persona se había empacado un tazón enorme de fideos, más café, huevo y un montón de botanas.

Adriana le hizo señas con los ojos desesperadamente, casi le da un calambre ocular.

Lamentablemente, Hugo no captó la indirecta a tiempo.

Había estado programando toda la mañana; su cerebro estaba como el código: sin una instrucción clara, no funcionaba.

Adriana, resignada, tuvo que decir entre dientes: —No te metas en asuntos de mujeres, si digo que tengo hambre es que tengo hambre.

El hombre regañado se tocó la nariz, sintiéndose injustamente tratado: ...

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