Esteban apretó los dientes.
—¿Lo hiciste a propósito?
—¿A propósito? —Bianca parpadeó, fingiendo inocencia—. ¿Acaso no fue usted, director Fajardo, quien dijo que me suspendería por tres meses?
Se puso de pie y se estiró perezosamente.
—De hecho, me viene bien. Llevo tantos años trabajando que nunca he descansado como se debe. Tomaré estos tres meses como unas largas vacaciones.
Al llegar a la puerta, giró la cabeza y le dijo a Esteban:
—Por cierto, le pido que me notifique la suspensión por correo. No vaya a ser que mañana no venga y usted aproveche para acusarme de abandono de trabajo.
—Tú… —La cara de Esteban se oscureció, pero Bianca cerró la puerta de un golpe, dejándolo solo en la inmensa sala de juntas.
Esteban, furioso y humillado, barrió con el brazo los documentos que había sobre la mesa, tirándolos todos al suelo.
Días después, la noticia de la suspensión de Bianca corrió como la pólvora en el medio.
Los clientes que hacían fila para colaborar con Código Quetzal dudaron al instante al enterarse.
Todo el mundo sabía que el éxito actual de Código Quetzal se debía a Bianca.
Ahora que Bianca no estaba, ¿valía la pena seguir colaborando con ellos?
Además, si una empresa trata así a su mayor activo, en lugar de valorarlo, lo reprime… ¿es una empresa digna de confianza?
Aquellos clientes que ya tenían contratos vigentes empezaron a buscar excusas para pausar la colaboración.
Esteban estaba desesperado, dando vueltas como león enjaulado.
Primero llamó para preguntar las razones de las pausas, pero los clientes daban respuestas vagas y evasivas.
No tuvo más remedio que salir personalmente y visitarlos uno por uno.
Pero tras una semana de esfuerzos, los resultados fueron nulos. Los clientes mantenían la boca cerrada y se negaban a reanudar los contratos.
Al caer la noche, Esteban estaba sentado en su coche, con medio rostro oculto en la penumbra, visiblemente agotado.
Fue entonces cuando llamó Orlando.
—¿Bueno? ¿Abuelo?
—Esteban, escuché que hubo problemas en la empresa recientemente. ¿Tuviste roces con tus subordinados?
Esteban se aflojó la corbata con irritación.
—Abuelo, ¿alguien fue a quejarse contigo?
Inconscientemente pensó que su primo había ido a hablar con el anciano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...