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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 551

Bianca tenía la cabeza hecha un lío. Solo le pedía a Dios que él terminara rápido de discutir con la otra persona y se durmiera de una vez, para no retrasar su salto.

Pero las cosas no salieron como esperaba; Alexis seguía hablando sin parar.

De repente, una frase se le clavó en el oído. Alexis, con la mandíbula tensa, espetó:

—¿De verdad crees que tu hipnosis es indispensable? ¡Si es necesario, solo le inyectaré el medicamento y me olvidaré de la hipnosis!

El corazón de Bianca latía desbocado y dio un respingo.

¿A quién le iba a inyectar medicamentos? ¿Y por qué hablaba de hipnosis?

¿Con quién demonios estaba hablando por teléfono?

Tenía mil dudas, pero Bianca sabía algo con certeza: ya fueran drogas o hipnosis, seguramente todo tenía que ver con ella.

Con razón... con razón decía que pronto volverían a ser como antes.

¡Resulta que planeaba usar ese método sucio con ella!

En ese momento, Alexis le provocaba un asco indescriptible. Su cuerpo temblaba ligeramente; de haber podido, le habría clavado un cuchillo ahí mismo.

Bianca se tapó la boca con fuerza, acurrucándose en el estrecho alféizar de la ventana, sin atreverse a hacer el menor ruido. La oscuridad envolvía sus ojos enrojecidos mientras tomaba una decisión firme: ¡tenía que escapar lo antes posible!

¡Pum!

Un estruendo provino del despacho; algo había sido barrido al suelo con violencia.

Parecía que la negociación había fracasado y alguien estaba descargando su rabia impotente.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que los ruidos en el despacho cesaron y la tenue luz se apagó.

Perfecto. Parecía que Alexis se había vuelto a dormir.

Cuando despertara, ¿lo primero que haría sería buscarla para inyectarle esa droga de la que hablaba?

Esperó un poco más. Al confirmar que ya no había ningún sonido, Bianca calculó el ángulo, apretó los dientes, cerró los ojos y saltó al vacío.

El impacto fue violento, nublándole la vista por un instante, como si alguien le hubiera golpeado con fuerza las plantas de los pies. Afortunadamente, había inspeccionado el terreno con antelación: la tierra bajo esa ventana era blanda. Al caer, el suelo amortiguó el golpe y evitó que hiciera ruido. Había matado dos pájaros de un tiro.

Se arrastró sigilosamente detrás de una enorme maceta vacía.

Por suerte, nadie había notado el movimiento. Su apuesta había funcionado.

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