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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 553

Los ojos de Alexis se abrieron de par en par.

—¿Cómo...?

—¿Cómo lo sé? Escuché todo lo que hablaste con el doctor Jason.

Alexis guardó silencio. Había traído la caja fuerte precisamente para inyectarla allí mismo.

Ahora que Bianca lo había descubierto, no tenía sentido ocultarlo. Sus ojos oscuros se clavaron en la mirada de ella.

—Bianca, no tengas miedo. Esto no te hará daño.

Dicho esto, sacó el frasco de la caja y llenó la jeringa con el líquido.

Alexis dio un paso adelante, levantando la fina aguja, y dijo con voz suave:

—Con un solo piquete, el dolor desaparecerá. Solo habrá felicidad. No volveremos; nos iremos a vivir al extranjero. Yo te mantendré, tendremos un hogar y un hijo precioso.

Bianca negó frenéticamente con la cabeza, con los ojos inyectados en sangre, y advirtió:

—¡No te acerques! ¡Si das un paso más, salto!

Alexis pareció no escucharla y avanzó otro paso, sonriendo levemente.

—Bianca, no vas a saltar. ¿Ya olvidaste a tu madre? Ella está enferma, necesita sus medicinas y revisiones. Si saltas, ¿qué será de ella el resto de su vida?

Al mencionar a su madre, la mirada de Bianca vaciló. Cerró los ojos un instante.

Sintió como si le hubieran abierto una herida en el pecho, sangrando profusamente.

Si había alguien en este mundo que le impedía rendirse, la primera era su madre.

El segundo...

En la mente de Bianca apareció un rostro de rasgos finos y elegantes.

Mariano, perdóname. Si hay otra vida, quiero encontrarte a ti primero.

—Bianca —Alexis sonrió, sabiendo exactamente cuál era su punto débil. Al ver que su expresión se ablandaba, estuvo aún más seguro.

Le había dado donde más le dolía.

—Ven, acércate a mí. Déjame terminar con todo esto para volver a empezar.

Pero, inesperadamente, Bianca abrió los ojos de golpe y sonrió con tristeza.

—Para eso, prefiero morir.

Sin dudarlo, se dio la vuelta y saltó por el acantilado.

Unos segundos después, se escuchó el golpe seco contra el agua.

Los guardaespaldas se quedaron petrificados. Se asomaron al borde, pero ya no había rastro de ella.

Aunque el acantilado no era un abismo sin fondo, tampoco era bajo. Y abajo estaba el mar; si golpeaba contra las rocas...

Tragaron saliva y se giraron hacia Alexis, preguntando con dificultad:

—Señor Zúñiga, ¿qué hacemos ahora?

Alexis estaba rígido. El viento helado le atravesaba el cuerpo, dejándolo insensible.

Su Bianca... ¿prefería morir antes que irse con él?

¿Tanto lo odiaba?

—Señor Zúñiga, mi más sentido pé... —empezó a decir un guardia, pero Alexis, con el rostro lívido, le gritó:

—¡Cállate! ¡Ella está bien! ¡Va a estar bien!

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