Camila ya estaba perdiendo la paciencia. Abrió la ventanilla del carro y gritó hacia afuera:
—Si vas a pedir aventón, no te hagas la difícil. ¿Te subes o no? Si no te subes, nos vamos.
Marisa le lanzó una mirada de reojo a Camila, quien no había dejado de hablar desde hacía rato. Sus ojos, tan fríos y profundos, se entrecerraron levemente.
—¿Tú y yo somos amigas o qué? Desde hace rato no dejas de hablarme, pero yo ni te estoy haciendo caso. ¿O hice algún gesto que te confundiera?
—¿Eh? —Camila se quedó pasmada, mirando a Marisa, que emanaba una seguridad y autoridad que imponía respeto. ¿Qué onda con esta chava?
La manera directa y despectiva de Marisa fue como si le hubiera pisoteado el orgullo a Camila frente a todos.
Camila, sintiéndose humillada y furiosa, le señaló la cara a Marisa.
—¡Tú, sí, tú! ¿Te subes o no? Yo aquí tratando de ayudarte y tú ni las gracias. Gente como tú, toda amargada desde que enviudaste, ni ganas me dan de llevarte. Hasta mala suerte me vas a pegar.
Apenas terminó de hablar Camila, Perla vio que del lujoso Rolls Royce que estaba estacionado bajó un hombre.
Medía como un metro ochenta y siete, y parecía salido directamente de una revista de moda.
Aunque iba vestido de manera sencilla, cualquiera pensaría que era el modelo principal de una campaña de Calvin Klein.
Sus piernas largas avanzaron con pasos firmes y decididos, dirigiéndose justo hacia donde estaba el alboroto.
Iba apurado, eso se notaba.
La camisa blanca que traía dejaba entrever unos abdominales marcados y una tensión en el cuerpo que no se podía ocultar.
Se desabrochó los puños de la camisa y se remangó un poco, preparándose para intervenir.
Rubén, en realidad, quería apartar de inmediato esa mano que apuntaba a Marisa. Pero dudó un segundo antes de hacerlo.
Tener que tocar algo tan desagradable como esa mano, la verdad, le revolvía el estómago. Pero no podía permitir que esa mano sucia siguiera señalando a Marisa tan cerca de la cara.
¿A poco quién se creía?
La mitad de la gente tenía los ojos puestos en el Rolls Royce y la otra mitad en Rubén, que se acercaba como si fuera el dueño del lugar.
—Gatita, ya vine por ti. Es hora de irnos a casa, no te quedes ahí parada.
Al mirar a Rubén, los ojos de Marisa por fin se llenaron de calidez y una pequeña sonrisa apareció en su cara.
Sonriendo, abrió la puerta y se sentó de un brinco en el asiento del copiloto.
La ventanilla seguía bajada.
Afuera, Perla y varios estudiantes se quedaron boquiabiertos, como si acabaran de presenciar una escena de esas que solo pasan en las novelas de amor.
Rubén se inclinó, con todo cuidado, y le abrochó el cinturón a Marisa.
Después, todavía inclinado sobre ella, se detuvo a mirar las manchas de pintura en su cara. De verdad, parecía una gatita traviesa.
No pudo evitar acercarse y decirle en voz baja:
—Nunca he besado a una gatita como tú. ¿Me dejas hacerlo ahora?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...