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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 692

Al ver la expresión de súplica del chofer, Marisa no tuvo corazón para negarse.

Entre tener que ver ese coche todos los días recordándole cosas tristes y hacer que el chofer perdiera su empleo, Marisa eligió lo primero.

Apretó las llaves del coche y se tragó su malestar.

—Está bien, me quedo con el coche. Ya puedes irte.

El chofer miró a Marisa con profunda gratitud.

—¡Gracias, señora Olmo, gracias!

Marisa movió los labios.

Iba a decirle que ya no la llamara señora Olmo.

Pero se detuvo.

Mirando la espalda del chofer mientras se alejaba, Marisa sonrió con autoironía. Ya no tenía caso recalcarlo.

De todas formas, en unos días, cuando Rubén traiga a su nueva conquista, todos sabrán que ella ya no es la señora Olmo.

Antes de entrar a Jasmine, Marisa calmó sus emociones.

Los sentimientos son sentimientos y el trabajo es trabajo; no se deben mezclar.

Levantando un poco el ánimo, Marisa entró a Jasmine con la cabeza en alto. Al ver al personal de limpieza trabajando, los saludó con una sonrisa:

—¡Buen trabajo a todos! ¡Más tarde les daré un regalo a cada uno!

Los empleados sonrieron de oreja a oreja.

—¡Gracias, señorita Páez!

—De nada. —Marisa se dio la vuelta y caminó hacia la sala de juntas.

—La próxima semana será crucial para la supervivencia de Jasmine. Espero que todos se pongan las pilas.

Fabiana contuvo el aliento. ¿Cómo era posible que después de las fiestas Jasmine estuviera en peligro de muerte?

Tras la reunión, Fabiana siguió a Marisa como perrito faldero. Mientras caminaban hacia la oficina, murmuró:

—¿Qué les pasa a todos después de año nuevo? Davis no aparece, y tú sales con esto. Señorita Páez, aclárame algo, ¿es que no quieres ser una mantenida de Rubén? Ay, bueno, tampoco es ser una mantenida, es hacer dinero junto con el Grupo Olmo. Aunque para el Grupo Olmo nuestra ganancia sea una miseria, peor es nada, ¿no? Lo más importante es que no puedes pensar así; ¡dejar que Rubén ayude no significa que le debas nada!

Marisa empezaba a tener dolor de cabeza con el parloteo de Fabiana.

Se frotó las sienes y abrió las cortinas de la oficina. Una luz deslumbrante pero sin calor inundó el lugar.

A contraluz, Fabiana por fin notó la fatiga en el rostro de Marisa.

—¿Marisa? —Fabiana dejó de llamarla señorita Páez y le habló como amiga—. ¿No dormiste bien anoche? En la reunión no lo noté, pero viéndote bien ahora, te ves demasiado demacrada.

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