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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 177

—¿Esto lo pintaste tú?

Marisa alzó la vista. Su mural destacaba con un estallido de colores que nadie podía ignorar.

Ella aventuró una suposición mientras se señalaba las manchas: —¿Adivinaste por la pintura que tengo encima?

Era típico de Rubén notar hasta el más mínimo detalle.

Rubén negó con la cabeza. —No, lo supe por tu estilo.

Se quedó observando la pared con atención. La luz y las sombras se mezclaban bajo el sol que ya casi se despedía, y el mural parecía brillar aún más bajo ese resplandor anaranjado.

Luego, Rubén bajó la mirada a las manos de Marisa. Sus dedos estaban cubiertos de pintura, y tras horas bajo el sol, la piel parecía agrietarse y endurecerse.

Al mirarlas, sentía una mezcla de admiración y cierta preocupación.

—Estas manos... son realmente increíbles —soltó Rubén, sin escatimar en halagos.

No era común escucharlo decir cosas así. Marisa, durante sus años en la Academia de Arte de Clarosol, había oído todo tipo de elogios, pero nunca los tomaba muy en serio; siempre pensaba que la gente solo trataba de ser amable. Sin embargo, esas palabras de Rubén, tan sinceras y directas, la hacían sentir que en verdad sus manos tenían algo especial, casi mágico.

Todo el cansancio y sudor del día se desvaneció de golpe.

De pronto, su celular vibró. Había recibido un mensaje por WhatsApp.

Era Perla, quien le enviaba la transferencia acordada.

[Marisa, este es el pago por el trabajo que hicimos.]

Rubén echó un vistazo de reojo a la notificación y luego, sin disimular mucho, leyó el nombre en el comentario. —Perla... eso no suena a nombre de chico.

Marisa asintió, compartiendo la misma duda. —Sí, es una chica. No entiendo por qué Gonzalo dijo que era un galán.

Entró a la Academia de Arte de Clarosol con uno de los mejores puntajes y, sin embargo, desde que se graduó, jamás había cobrado un peso por su arte.

Samuel siempre le repetía que la familia Loredo no necesitaba que ella trabajara. Que prefería verla en casa, como toda una dama, en vez de exponerse afuera. Más de una vez, cuando surgían oportunidades laborales, Penélope se encargaba de rechazarlas y hasta se molestaba, como si ofrecerle trabajo a Marisa fuera una ofensa para los Loredo.

—Las nueras de los Loredo no necesitan trabajar —decía—. Su lugar está en casa, cuidando a la familia.

Rubén la entendía. A veces, incluso mejor que ella misma.

Marisa lo miró de reojo; él ya había regresado la vista al camino, atento al tráfico.

De pronto, se animó. —¿Qué te parece si uso este pago para invitarte a cenar? —propuso Marisa, con una energía renovada.

Rubén aceptó de inmediato, sus dedos golpeando el volante en señal de alegría.

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