Una sensación amarga le recorría el pecho a Rubén, como si una ola de tristeza le apretara el corazón.
Abrió los labios despacio, y en sus ojos se notaba una decepción imposible de ocultar.
—Entre Margarita y yo no hay ningún malentendido. Si hay algo, es que ella entendió mal. De ahora en adelante, a menos que seas tú quien ya quiera divorciarse, no vuelvas a mencionar esa palabra.
Marisa se quedó viendo a Rubén, sorprendida por lo serio que lucía. No parecía estar bromeando.
¿Entonces, fue ella quien entendió mal?
—Perdón, pensé que ustedes...
Rubén mantenía el semblante severo, y en su cara se veía un leve gesto de incomodidad.
Por un momento, el ambiente se volvió denso, como si el aire pesara de más.
Marisa respiró hondo y trató de cambiar de tema.
—Ya terminé de empacar. Vámonos.
Rubén no le contestó, solo asintió y, antes de que Marisa pudiera reaccionar, tomó la maleta y la cargó él mismo.
Marisa lo siguió, con las manos vacías, caminando detrás de él.
Parecía que estaba enojado.
Marisa no podía estar segura.
¿Será que, por haber mencionado el divorcio, Rubén se sintió ofendido y por eso se molestó?
Pero si ya le había explicado que solo lo dijo porque pensó que a él le costaría expresar lo que sentía.
Ahora, Marisa se sentía como una niña regañada, siguiendo a Rubén en silencio mientras salían del hotel.
Afuera, la familia Olmo de Solsepia ya los esperaba para despedirse. Rubén seguía con la cara seria, sin mostrar siquiera una sonrisa de cortesía.
Felipe Olmo y Camelia Olmo los despidieron con entusiasmo.
—Rubén, cuando tengas tiempo ven a Solsepia. Esta vez hubo demasiados invitados, así que si algo no salió bien, tú y Marisa tienen que disculparnos.
Marisa les sonrió y asintió, manteniendo la cordialidad.
Pero Rubén ni siquiera respondió.
Gabriel, intentando relajar la tensión, le lanzó una broma.
Rubén, por puro instinto, la protegió y la jaló hacia su pecho.
El chofer bajó de prisa, listo para ayudar a Rubén con el equipaje.
Rubén entrecerró los ojos, con el ceño marcado.
—¿Qué no ves cómo manejas?
El chofer bajó la cabeza y trató de justificarse.
—Señor Olmo, disculpe. Me preocupaba llegar tarde al aeropuerto.
Marisa, todavía en los brazos de Rubén, seguía con el corazón agitado. Por poco, ese carro la atropellaba.
Rubén no permitió que el chofer tocara la maleta. Él mismo la metió al maletero usando una sola mano. Luego, sin rodeos, le pidió las llaves al conductor.
—Dame las llaves y lárgate.
Marisa se quedó sorprendida. En el tiempo que llevaba con Rubén, rara vez lo había visto perder la compostura ante alguien que trabajara para él.
Sin duda, ese día Rubén estaba a punto de explotar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...