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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 244

El llanto y los gritos de Penélope seguían resonando por todo el pasillo.

—¡Se los ruego, salven a mi bebé, les juro que les doy un millón si quieren! —La desesperación en su voz era tan fuerte que a Marisa le zumbaban los oídos.

Marisa entrecerró los ojos, fastidiada.

Rubén se levantó de inmediato, abrió la puerta de la habitación y, con el ceño fruncido, le habló a los guardias del Hospital San Salvador.

—¿Desde cuándo permiten tanto escándalo aquí?

Todo el mundo en el hospital sabía quién era Rubén: amigo cercano del doctor Quiroz y uno de los inversionistas del hospital. Los guardias no se atrevieron a tomarlo a la ligera; se acercaron rápido y sujetaron a Penélope.

—Si sigues armando escándalo, te vas para afuera —le soltó uno con tono firme.

Rubén miró a Penélope de arriba abajo, con una expresión de desdén en el rostro.

—Cállate, ya estuvo.

Penélope se acobardó ante la fuerza que desprendía Rubén. Bajó la voz y dejó de hacer alboroto. No podía irse, tenía que esperar ahí, lista para saber cualquier cosa que pasara dentro.

Rubén regresó a la habitación y cerró la puerta. La frialdad que había mostrado afuera se desvaneció al instante; ahora su voz era suave.

—Ya está, ahora sí que habrá silencio.

Volvió a sentarse junto a la cama y, con ternura, pasó la yema de los dedos por la mejilla de Marisa.

Al ver la marca roja en la cara de ella, sus ojos se llenaron de un enojo feroz, imposible de ocultar. La sola idea de que alguien se atreviera a lastimar a Marisa lo llenaba de rabia. Esa mujer era su tesoro, ni siquiera él se permitía tocarla con fuerza, y ahora otros la habían marcado.

—¿Te duele? Ahorita le pido a Cristian que traiga un poco de pomada para ponerte.

Marisa miró a Rubén, viendo la seriedad en sus ojos. Negó con la cabeza.

—No me duele —respondió.

—¿Sabías todo eso tan rápido?

Por un instante, Rubén pareció perderse en sus pensamientos. Cuando volvió, en su mirada había una ternura profunda.

—Marisa, casi nunca hay algo de ti que no sepa.

Ese día, Rubén hizo lo que menos quería en toda su vida: pedirle ayuda a Samuel. Su plan inicial era presionarlo usando su propio peso, pero en cuanto mencionó que era Marisa quien estaba en peligro, Samuel cooperó sin dudarlo. Él mismo llamó a Noelia.

Y fue justo cuando Noelia contestó el teléfono que supieron su ubicación exacta. Rubén, que ya estaba cerca, pudo llegar justo antes de que todo acabara en tragedia. Si hubiera tardado un minuto más, Marisa hubiera estado en mucho más peligro.

Rubén sentía una mezcla compleja de emociones.

En los últimos días, Marisa había sido distinta con él. Parecía que ya no le importaba. Una y otra vez lo dejaba con otras mujeres, ni siquiera le molestaba verlo tomando con alguna de ellas. Todo lo relacionado con Rubén parecía no afectarle, como si nada pudiera sacarla de su centro.

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