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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 249

Samuel se quedó pasmado un buen rato, buscando cómo zafarse de la situación. Al final, intentó justificarse con una sonrisa forzada.

—Marisa, ¿acaso te impactó tanto que ni palabras te salen? No te preocupes, yo te explico todo con calma —decía, ansioso, casi como si esperara que ella lo recibiera con los brazos abiertos.

Sin más, intentó sentarse en la cama de Marisa.

Ella levantó la mano de inmediato, deteniéndolo en seco.

—Si tienes algo que decir, dilo parado ahí. Si das un paso más, voy a llamar a alguien para que te saquen.

La advertencia de Marisa hizo que Samuel se detuviera al instante. Se quedó plantado donde estaba, sin atreverse a moverse ni un centímetro.

—Marisa, no pasa nada, es normal que te sientas sorprendida. Espero a que te tranquilices y platicamos bien.

Marisa dejó escapar una risa cargada de ironía.

—¿A poco me ves con cara de sorprendida?

En realidad, no lo estaba.

Samuel también lo notó, pero simplemente no quería aceptarlo. En su cabeza, no podía imaginar que Marisa no sintiera nada. Pensaba que, aunque no estuviera asombrada, al menos sentiría alegría, que tanta emoción la tenía así, sin reacción.

—Soy Samuel, Marisa. No morí. El que falleció fue mi hermano. Por la presión de la familia, tuve que...

Se aventó un montón de explicaciones, buscando que sus actos tuvieran sentido, repitiendo una y otra vez sus razones.

Marisa ya no tenía paciencia para escucharlo.

Alzó la cabeza, sus ojos relucían tranquilos.

—Si eres Nicolás o Samuel, no me importa. Por lo menos, para mí no tiene importancia. Seas quien seas, no tiene nada que ver conmigo.

Los ojos de Samuel se abrieron como platos.

—¿Cómo que no importa? No estoy muerto, ¡sigues siendo mi esposa!

Marisa mostró una sonrisa desdeñosa.

—Ya terminaste de hablar, y yo también. No hay nada más que decir entre tú y yo. No vuelvas a aparecerte frente a mí, me das asco.

Samuel apretó la mandíbula. Cuanto más dura era Marisa con sus palabras, más convencido estaba de que ella solo lo hacía por despecho.

—Marisa, no puedo negar que estos días han sido difíciles para ti, y sé que me odias, lo entiendo. Si quieres desquitarte conmigo, está bien. Cuando te calmes, platicamos.

Sin esperar respuesta, Samuel se dio la vuelta y salió de la habitación.

...

Apenas caminó un par de pasos fuera del cuarto, se topó de frente con Rubén, que acababa de regresar después de fumar en la azotea.

Rubén lo miró con una mezcla de desprecio y fastidio.

Samuel le soltó, con furia apenas contenida:

—No te hagas ilusiones solo porque salvaste a Marisa del incendio. Eso no quiere decir que ella vaya a enamorarse de ti. Todo eso que haces no sirve de nada. Yo soy Samuel, el verdadero esposo de Marisa. Muy pronto se va a divorciar de ti y va a volver conmigo. ¡No te hagas falsas esperanzas!

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