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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 293

Al escuchar esto, los dos mayores de la familia Olmo por fin se tranquilizaron, especialmente Carlos, quien soltó:

—¿Pero qué le pasa a este muchacho que hasta para conquistar a una chica se le complica tanto? En mis tiempos, antes de que pasara un mes, ya tenía el corazón de la hija de la familia Cano en la palma de la mano.

Valentina le lanzó una mirada fulminante a Carlos.

—Por favor, ni te creas tanto. Nosotros terminamos juntos por una unión familiar, si hubiera dependido de mí, ni loca me caso contigo.

Carlos abrazó a Valentina, como queriendo arreglarlo todo con una sonrisa.

—Pero de todos modos, el resultado fue el mismo, ¿o no? Si estos dos no tuvieron ningún problema, voy a pedir la ruta para el vuelo privado y nos vamos esta noche.

Valentina negó con la cabeza, rechazando la idea de Carlos.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta prisa? Rubén seguro que hizo enojar a Marisa con todo esto y esa niña, aunque no lo diga, seguro que anda agobiada. En vez de pensar en cómo arreglar lo que hizo tu hijo, tú solo piensas en irte de viaje.

Carlos, que había recibido el regaño sin entender nada, se sintió un poco herido. No podía enojarse con su esposa, ni mucho menos con Marisa, así que toda su rabia terminó dirigida a Rubén.

—Ese chamaco... Cuando Marisa se casó con los Loredo, casi se me muere del coraje, hasta temí que hiciera alguna locura. Luego, cuando la familia Loredo tuvo su problema, él salió de valiente diciendo que quería casarse con Marisa, y nadie lo detuvo. Pensamos que era bien decidido, pero ahora míralo, puro retroceder. ¡No sé cómo terminé criando a un hijo tan cobarde!

Carlos terminó su queja y miró de reojo a Valentina.

Valentina le devolvió la mirada con una ceja levantada.

—¿Y ahora la culpa es mía por cómo salió tu hijo?

Carlos, con tal de suavizar la situación, le tomó la mano a Valentina y forzó una sonrisa.

—¿Cómo crees? Al contrario, todos aquí saben que Rubén salió bueno por ti. Mira, ni en Clarosol ni en todo el país hay otro joven que pueda manejar un grupo tan grande como él. Solo nuestro Rubén lo ha logrado.

Valentina bufó, pero ya no siguió discutiendo.

—Así sí me gusta escucharte.

...

En la recámara del segundo piso.

Marisa sostenía el botiquín, pareciendo toda una enfermera. Se plantó frente a Rubén con determinación.

Rubén, sin saber dónde meterse, se quedó de pie, sin atreverse a moverse.

—No es momento para bromas.

Rubén se calló sin rechistar, desabrochó los puños de la camisa y, con movimientos lentos, fue desabrochando uno a uno los botones.

Su pecho firme y sus abdominales, apenas visibles, quedaron expuestos ante Marisa. Ella, sin prestarle atención, prosiguió:

—Date la vuelta, te voy a poner el medicamento.

Mientras hablaba, abrió el botiquín, sacó el frasco de yodo y unos hisopos, lista para desinfectar la herida.

Ya tenía todo preparado, pero Rubén seguía sin moverse.

Marisa le lanzó una mirada, dio la vuelta y se colocó tras él con el yodo y los hisopos en mano.

—Olvídalo, tú te lastimaste, mejor déjame hacerlo yo.

Rubén pensó en dar vueltas y esquivarla, pero Marisa fue más rápida. En un instante ya estaba detrás de él, y de un tirón le quitó la camisa de encima.

La espalda de Rubén, lisa y bien formada, se mostró ante ella, con líneas firmes y atrayentes.

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