Tenía que dejarle claro a todos que la vida privada de Rubén Olmo no era tema de conversación para nadie.
Gonzalo sentía un nudo en el estómago al ver la enorme pila de fichas en el centro de la mesa. Recordó aquellas veces en el pasado cuando Rubén lo acorralaba exactamente de la misma manera.
Aunque esta vez la víctima era otro, el simple recuerdo lo hacía sudar frío.
Rubén entrecerró los ojos y se mantuvo en silencio. Tras unos segundos, se dirigió al repartidor con calma.
—Se le acabó el tiempo, se retira automáticamente —dictaminó.
El repartidor, un poco sorprendido, arrastró todas las fichas del centro de la mesa hacia el lado de Rubén.
Óscar saltó de su silla, furioso pero sin atreverse a gritar. Tragándose su orgullo, preguntó con tono de queja.
—Señor Olmo, ¿qué fue lo que le hice para que se ensañe así conmigo? ¡Tampoco es para tanto!
Como si tuviera un trastorno obsesivo, Rubén acomodó sus fichas perfectamente alineadas antes de levantar la vista lentamente hacia Óscar.
—¿No sabes perder o no sabes jugar? Si no sabes perder, llévate todo esto. Pero si no sabes jugar, lárgate a Clarosol ahora mismo —respondió con voz gélida.
El silencio en la sala se volvió insoportablemente tenso y bochornoso.
Óscar sabía que si tomaba las fichas, jamás volvería a tener la cara para jugar en ese círculo social. Y si regresaba a Clarosol, significaría declararle la guerra a la familia Olmo.
No podía permitirse ninguna de las dos opciones.
Con la cola entre las patas, murmuró que no pasaba nada, puso la excusa de que se sentía un poco mal y salió huyendo hacia su villa.
El estado de ánimo de Rubén parecía inalterable, como si nada hubiera pasado.
Claudio, por su parte, se frotó las sienes con frustración.
—Rubén, ¿era necesario humillarlo así? La familia de Óscar tiene cierta influencia en Clarosol —le recriminó suavemente.
Al ver que solo quedaban sus amigos cercanos, Rubén frunció el ceño y lo miró fijamente.
—Rubén, esa táctica tuya de ir con todo sin mirar las cartas... ¿dónde la aprendiste? Te juro que hubo una época en la que me daba pánico jugar contigo por eso.
Mientras hablaba, Gonzalo se inclinó y levantó las cartas que Óscar había tirado. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¡No me jodas! ¡Tenía par de ases y los tiró! ¡Qué cobarde! —exclamó.
Cristian soltó una carcajada y lo señaló.
—Dices que es un cobarde, pero si hubieras estado en su lugar, también te habrías retirado. Cuando Rubén se pone así de loco, nadie en la mesa lo aguanta —le recordó.
Gonzalo se encogió de hombros, dándole la razón.
—Bueno, sí, es verdad. Incluso si ganaba esa mano con sus ases, ¿qué pasaba en la siguiente? Además, los ases pueden perder de mil maneras diferentes —admitió.
Rubén no prestó atención a las quejas ni a las bromas de sus amigos. Su mirada estaba fija en Claudio, como si analizara algo.
—¿Alguien más va a llegar más tarde? —preguntó de la nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...