Hasta Macarena se sintió conmovida por la repentina defensa. Sonrió con timidez y se apresuró a justificar la situación para calmar a Rubén.
—Rube, no te enojes por un detalle como ese. Si César tiene cosas que hacer, que vaya a hacerlas. Yo puedo comer cualquier cosa por ahí, o mejor aún, no ceno nada, así cuido la figura —dijo, intentando sonar encantadora.
Rubén la miró de arriba abajo, sin cambiar su expresión fría.
—Sí, de hecho te vendría bien bajar de peso —sentenció.
Macarena se quedó de piedra. En un instante, pasó del cielo a lo más profundo del infierno.
Tras soltar esa bomba, Rubén dio media vuelta y se marchó, dejándola sola.
Macarena se quedó parada allí, con la brisa nocturna desarmando su orgullo. Desesperada por escuchar algo diferente, se giró hacia Claudio, que solía ser más diplomático.
—Señor Cano... ¿de verdad me veo gorda? —le preguntó, casi ofendida.
Claudio sabía perfectamente lo que debía responder para salir del apuro.
Pero entonces recordó que, gracias a Macarena, Sabrina estaba furiosa con él y tendría que pasar horas tratando de contentarla. Necesitaba desahogar un poco de su frustración.
Le dedicó una sonrisa sumamente educada mientras la observaba unos segundos.
—Pues... un poco, sí —dijo finalmente.
El rostro de Macarena pasó por todos los tonos de rojo y blanco posibles. Afortunadamente para ella, la oscuridad de la noche ocultó gran parte de su humillación.
Rubén regresó a su villa, pasó la tarjeta por la cerradura y entró. Levantó la vista hacia el segundo piso y vio que las luces seguían encendidas.
*Aún debe estar aquí*, pensó.
Con esa idea en mente, subió las escaleras.
La puerta de Marisa estaba cerrada. Tocó el timbre y esperó a escuchar algún ruido.
Pasó un minuto completo y no se escuchó nada del otro lado. Intentó llamarla por su nombre.
—¿Marisa?
El silencio fue su única respuesta.
Rubén frunció el ceño. Unos minutos después, confirmó lo que temía: Marisa no estaba en la habitación.
Sacó su teléfono y la llamó directamente.
Pero el tono sonó una y otra vez sin que nadie contestara.
—No. Hace rato recibió una llamada y se fue casi corriendo. Supongo que tenía alguna emergencia de negocios. La verdad, me sigue sorprendiendo que con tanto trabajo haya tenido tiempo de venir a mi fiesta de compromiso —comentó Claudio.
El ceño de Rubén se frunció aún más. Su instinto le decía que algo no encajaba. Tenía razón Claudio: ¿por qué alguien como César viajaría tan lejos solo para una fiesta de compromiso?
¿Acaso su presencia en la isla tenía un propósito oculto?
De pie en el pasillo silencioso del segundo piso, Rubén sentía que las piezas no cuadraban. Decidió tantear el terreno con Claudio.
—¿No vas a organizar alguna actividad esta noche? Podrías invitar a todos a jugar o tomar algo —sugirió.
Claudio soltó una carcajada de sorpresa y exasperación. Rubén jamás mostraba interés en esas actividades grupales, ¿y ahora era él quien las proponía?
—Mejor no. Todos vienen de un vuelo largo y necesitan descansar. Mañana ya tendremos la fiesta oficial —respondió.
Rubén se quedó callado un largo rato antes de aceptar la derrota.
—Está bien —dijo al fin.
Antes de colgar, Claudio añadió una advertencia con tono burlón.
—Por cierto, Macarena va para allá con dos cangrejos gigantes. Dice que quiere cenar contigo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...