Marisa dio un paso en dirección a la cama, acortando la distancia.
Rubén frunció el ceño, el pánico pintándose sutilmente en sus facciones.
—Marisa, quédate ahí. Te escucho perfectamente desde donde estás.
Ella obedeció, deteniéndose en seco con un encogimiento de hombros.
—Está bien, aquí me quedo.
Hizo una pausa y lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Rubén, ¿sabes? Hay un viejo dicho que asegura que el amor y los estornudos no se pueden ocultar. Y en este preciso instante, estás haciendo un esfuerzo sobrehumano por disimular que te encantó mi regalo.
La máscara de impavidez del hombre no se agrietó, pero la rigidez de su mandíbula delataba una calma forzada.
—No estoy ocultando nada. Ya te dije que el reloj es preciso, y eso es lo que me gusta de él.
Marisa arrastró las palabras con un tono meloso, saboreando el momento.
—¿Ah, sí? ¿Solo te gusta por su precisión?
Le encantaba provocarlo.
Ver cómo ese muro de gravedad imperturbable temblaba con una sutil e inconfesable ansiedad, la llenaba de satisfacción.
—Así es —confirmó él, con un monosílabo seco.
*«¿No será más bien que te fascina porque te lo di yo?»*, pensó Marisa, guardándose la frase final en la punta de la lengua.
Sabía de sobra que arrancar una confesión así de Rubén era como pedirle peras al olmo, por lo que decidió no presionar más.
El silencio posterior se tornó un tanto incómodo, por lo que Rubén se apresuró a cambiar de tema.
—La cirugía fue un éxito. Después de pasar por una semana más de observación, volaré de vuelta a casa. Di por hecho que hoy te irías con mis padres.
El mensaje oculto era claro como el agua: vete ahora, no pierdas tu tiempo quedándote en la Clínica Santa Regina por mí.
Y como si temiera que ella fuera demasiado ingenua para captar la indirecta, añadió un argumento extra:
Sus ojos, antes esquivos, ahora estaban anclados sin reservas en el rostro de la mujer.
—Con la infinidad de opciones que existen, ¿pretendes viajar de madrugada, sola y haciendo mil escalas agotadoras en otros países?
Haciéndose la desentendida sobre la genuina angustia que ocultaba su voz, Marisa continuó con su impecable actuación teatral.
—¿Acaso no eres tú el que está suplicando que me vaya ya? Y si tengo que obedecerte, no puedo ponerme exquisita con los horarios. En fin, me voy corriendo para no perder el vuelo de esta noche.
Hizo el amago de levantarse apoyando los brazos en los reposabrazos, pero una voz firme la detuvo en seco.
—Basta. Marisa, quédate. Vuela conmigo en una semana a Clarosol.
Un rastro de triunfo asomó en la comisura de sus labios.
Le tomó bastante esfuerzo contener la sonrisa que quería estallar en su rostro, y volviendo a su expresión más inocente, suspiró con dramatismo.
—De acuerdo. Ya que me lo pides con tanta desesperación, haré el inmenso sacrificio de esperarte. Pero te pongo una condición: me dejarás visitarte al menos una vez al día.
A Rubén le tembló una ceja de la pura resignación, y asintió contra su voluntad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...