Un miedo abrumador envolvía a Zulma.
Con las manos temblorosas, sacó el celular de su bolsillo y marcó al servicio de emergencias.
Cuando explicó la situación de Yesenia y su ubicación, colgó de inmediato.
Miró con desesperación a Yesenia, que yacía débil y desmayada en su regazo. Le dio unas palmadas en la cara, intentando mantenerla despierta, y le advirtió:
—Yessie, aguanta, no te vayas a rendir, ¿me escuchaste? ¡No puedes dejarme ahora!
Yesenia, aunque ya estaba casi inconsciente, alcanzó a escuchar las palabras de Zulma. Sin embargo, ya no tenía fuerzas para responderle.
...
Mientras esperaba a que llegara la ambulancia, Zulma golpeaba el portón de hierro con todas sus fuerzas.
—¡Adolfo! ¡Yessie de verdad se está muriendo! ¡Por favor, te lo suplico, sal de ahí y ayúdame a llevarla al hospital!
Aún había tiempo, así que Zulma no se rendía en su intento de que Adolfo saliera.
En el fondo, todavía tenía la esperanza de que, si Adolfo veía a Yesenia en ese estado, se le ablandara el corazón y accediera a ayudar.
Pero la puerta, bien cerrada y con buen aislamiento, impedía que Adolfo escuchara absolutamente nada.
Adentro, Adolfo no se enteraba de lo que ocurría afuera.
...
Cuando subieron a Yesenia a la ambulancia, ya estaba en estado de shock.
La sirena sonaba sin pausa mientras la ambulancia aceleraba rumbo al hospital.
El médico que iba con ellos tenía el gesto tenso mientras intentaba estabilizar a Yesenia, apenas sosteniendo su vida.
En cuanto llegaron, la trasladaron directo a la sala de urgencias.
—Doctor, tiene que salvar a mi hija, ¡no puede pasarle nada! —Zulma aferró el brazo del médico con fuerza.
Por dentro, el médico pensó que ahora sí le urgía. ¿Por qué no la llevó al hospital en cuanto empezó la fiebre? Después de un trasplante de riñón, cualquier doctor habría advertido sobre los cuidados necesarios. ¿Fue desinterés o simplemente ignoró las indicaciones médicas?
Como profesional, cada vez que veía casos así, se le revolvían las entrañas de impotencia. Pero esas palabras no podía decirlas.
Solo tragó su molestia y respondió con voz grave:
—Señora, por favor, suélteme.
Zulma, completamente desbordada por el pánico, en vez de soltarlo, lo apretó todavía más.
Con la mirada fija y desesperada, insistió:
—Doctor, mi hija va a estar bien, ¿verdad? ¡Usted tiene que asegurarse de que salga de esta!
Ese médico era su última esperanza.
La imagen del monitor cardíaco en la ambulancia la tenía al borde del colapso. Era evidente que Yesenia apenas respiraba. Cualquier momento podía ser el último.
Zulma solo quería que Yesenia se agravara un poco, lo suficiente para ganarse la compasión de Adolfo y volver a la vida cómoda de antes. Jamás pensó que la situación se saldría de control.

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