En su séptimo año de matrimonio, Sabrina Vega por fin descubrió la verdad: solo era el reemplazo del gran amor en la vida de Ireneo Soler.
Y ese gran amor no era otra que su cuñada, ¡Josefa López!
Para colmo, Josefa estaba embarazada de él.
Pero lo que Ireneo no sabía era una pequeña ironía del destino: ¡él era estéril!
Sabrina no iba a tolerar a un marido infiel y asqueroso, así que le exigió el divorcio sin dudarlo.
Sin embargo, Ireneo se negó. Con el ceño fruncido y voz grave, le reclamó:
—¿Me estás pidiendo el divorcio solo por el detalle sin importancia de que abracé a Josefa? ¿Qué significa el matrimonio para ti? ¿Qué significo yo? Sabrina, no puedes aprovecharte de que te amo para ser tan caprichosa y tomarte nuestra unión como un juego. No vuelvas a mencionar lo del divorcio, no te lo voy a conceder.
«Ja».
«¿Que me ama?»
«Las palabras de los hombres son puras mentiras».
Unos días antes...
—Ireneo, Josefa va a regresar al país, ¿y todavía no te divorcias de Sabrina? No me digas que de verdad te enamoraste de esa sustituta.
La puerta de la oficina de Ireneo no estaba bien cerrada. Al escuchar su nombre, Sabrina detuvo la mano que iba a empujarla.
«¿Divorcio?»
«¿Sustituta?»
Antes de que pudiera procesarlo, escuchó la risa burlona de Ireneo desde adentro:
—Cómo crees. Desde el principio y hasta el final, a la única que he amado es a Josefa.
—Ya me lo imaginaba —respondió Julián, su gran amigo, con tono despectivo—. Sabrina no es más que un reemplazo para calentarte la cama.
¡¿Ella, su esposa legítima, era solo una sustituta para la cama?!
Ese mismo hombre que anoche se entregó a ella con tanta pasión, que no paraba de susurrarle al oído que la amaba y la llamaba 'cariño' una y otra vez.



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