—¿Es tu hermana de sangre? ¿Tienen algún parentesco biológico? Y poniéndonos en el mejor de los casos, si de verdad fuera tu hermana, ya están bastante grandecitos como para andar tan pegados; debería existir un límite de respeto.
—Una mujer como la señorita Josefa López, que no tiene ningún lazo de sangre contigo, que se viste para provocar y le encanta colgarse del brazo de un hombre casado... en la antigüedad se le llamaba ramera sinvergüenza. Hoy en día se le dice: «la otra», «la amante».
Josefa palideció de golpe por los insultos. De su actitud radiante, arrogante y segura de sí misma, no quedaba ni el rastro.
La multitud a su alrededor empezó a crecer, y no faltaban los curiosos que grababan a escondidas con sus teléfonos.
El rostro de Ireneo Soler se ensombreció. Temía que el escándalo se hiciera masivo; si llegaba a oídos de Don Armando, las consecuencias serían desastrosas.
Primero tenía que calmar a Sabrina.
Con esto en mente, Ireneo le hizo una seña a sus guardaespaldas para que dispersaran a los curiosos, y luego dio un paso al frente con la intención de abrazar a Sabrina.
En el instante en que Ireneo se acercó, Sabrina percibió el olor que emanaba de él. Su habitual fragancia masculina estaba mezclada con el tufo penetrante de un perfume de mujer desconocido.
El olor le golpeó de lleno la nariz, revolviéndole el estómago y provocándole náuseas.
—Tranquila, Sabrina, te lo puedo expli...
—No me toques. Hueles asqueroso —lo cortó Sabrina, empujándolo con fuerza y retrocediendo varios pasos para alejarse de él.
Ireneo no pasó por alto el asco en la mirada de su esposa. Como hombre, tenía su orgullo, y las continuas provocaciones de Sabrina estaban agotando su paciencia.
—¡Sabrina!
Dos voces masculinas resonaron al mismo tiempo. Una era el grito frío y furioso de Ireneo; la otra, en cambio, sonó cálida y serena.
Sabrina buscó el origen de esa voz suave. Al girar la cabeza, se encontró nada menos que con Santiago Morales.
Santiago empujaba una maleta, evidentemente recién bajado de un vuelo. Llevaba un impecable traje negro hecho a medida que resaltaba su figura alta y estilizada.
Sobre el puente de su nariz recta descansaban unos lentes de montura dorada, dotándolo de un aura refinada y sumamente elegante.
Santiago caminó hasta quedar junto a Sabrina y, con total caballerosidad, se inclinó para darle un abrazo respetuoso.
—Cuánto tiempo sin verte, Sabrina.
Él debió haber visto lo que ocurría, así que el abrazo era intencional para respaldarla.
Sabrina se sintió profundamente agradecida.

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