—¿Cuándo pensabas decírmelo? —repitió Elena.
Julián cerró la puerta a su espalda con una suavidad que no le conocía. Era el gesto de un hombre que entra a una sala de juntas sabiendo que las cifras no lo acompañan.
—Elena, deja que te explique.
—No. —ella levantó una mano, sin alzar la voz—. Las explicaciones las das cuando te las piden. Yo no te he preguntado por qué. Te he preguntado cuándo. Es una fecha. Tiene una respuesta exacta.
Él se aflojó el nudo de la corbata. Ella reconoció el movimiento: lo hacía cuando una negociación se le torcía y necesitaba ganar tres segundos.
—Hace una semana —dijo al fin—. Hablé con Adrián hace una semana.
—Mientes. —lo dijo sin rencor, casi con curiosidad profesional—. Hace una semana todavía me preguntabas si había recogido tu esmoquin de la tintorería. Un hombre que ya pidió el divorcio no se preocupa por su esmoquin. —ladeó la cabeza—. Fue hoy. Esta mañana. La «reunión importante». ¿Me equivoco?
El silencio de Julián fue toda la confirmación que ella necesitaba.
El sobre lo había recuperado esa misma mañana, lo extrajo del bolsillo interior del saco que él dejó la noche anterior sobre el respaldo del sofá, donde siguió colgando hasta el amanecer sin que él lo echara de menos. Lo tomó para quedárselo, porque le tocaba mover a ella las piezas.
Elena dejó el sobre encima de la mesa de cristal, entre las dos copas que nadie había llegado a usar la noche anterior. Lo deslizó hacia él con dos dedos, despacio, como se devuelve una oferta insuficiente.
—Costa & Asociados. Disolución de matrimonio. Muy limpio, muy ejecutivo. —sonrió apenas—. Hasta para abandonarme contrataste al segundo mejor bufete de la ciudad. porque el primero... ya trabajaba para tu abuela.
Julián la miró entonces. La miró de verdad —ella sintió el peso del cambio, el modo en que sus ojos dejaron de resbalar sobre ella como sobre un mueble conocido y se detuvieron, por una vez, a estudiarla—. Y a Elena le dolió, porque tres años tarde no servía de nada.
—No sabía que sabías negociar así —murmuró él.
—Sabes muy poco de mí, Julián. Esa fue siempre la parte cómoda de nuestro acuerdo. —rodeó la mesa—. Pero ya que hablamos de cosas que no sabíamos: dime una. ¿Cuánto le ofreciste a Isabella la noche que volvió a la ciudad? ¿Antes o después de prometerle que estarías libre?
Dejó caer el nombre entre ellos. Elena vigiló su cara con la misma atención con que vigilaba la mano de un rival al firmar. Y él no lo negó. Apretó la mandíbula, desvió un segundo la mirada hacia el ventanal, y no lo negó.
—Ah —dijo Elena, muy bajo—. Eso también era verdad.
—Elena…
—Está bien. —y para su propio asombro, casi lo estaba—. Te lo agradezco, en realidad. Tres años creyendo que el problema era yo. Que si era más callada, más útil, más perfecta, algún día me mirarías como me miras ahora mismo, cuando ya decidiste irte. Resulta que el problema tenía nombre y apellido y siempre fue ella. Qué descanso.
Julián abrió el sobre, lo cerró, lo dejó. Por primera vez en la conversación parecía ser el que iba perdiendo.
—Firma —dijo, y enseguida se oyó a sí mismo y se corrigió—: No. No firmes. Necesito que… —se pasó la mano por la cara—. Es complicado.


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