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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 142

Lanzó el pañuelo a la basura.

Vanesa ya se había incorporado en la camilla.

La mano de Fabio se deslizó por la cintura de Vanesa. Ella intentó apartarse, pero atrapada en su radio de acción, no tenía a dónde huir.

«Fabio, ¿qué demonios quieres?», le exigió Vanesa, incapaz de contenerse, alzando la mirada para enfrentarlo.

Él simplemente se le quedó mirando.

Vanesa le sostuvo la mirada, pero en esos ojos oscuros le fue imposible descifrar qué pasaba realmente por su mente.

De repente, Fabio sonrió.

Vanesa se quedó paralizada, completamente desconcertada.

Él le sujetó el mentón con los dedos. Había desaparecido su habitual crueldad; ahora, en su expresión, bailaba un atisbo de burla.

Fabio bajó el rostro, acercándose peligrosamente a ella.

El roce de su nariz contra la de Vanesa volvió el ambiente insoportablemente íntimo.

«Quiero mimarte. Quiero que te portes bien y dejes de llevarme la contraria en todo», murmuró, pronunciando cada palabra con lentitud.

Sus labios rozaron los de Vanesa como por accidente. Estaban ligeramente fríos.

No profundizó el beso, simplemente se detuvo ahí, respirando su mismo aire.

Atrapada en esa mirada intensa, Vanesa se sintió extrañamente aturdida.

Era como si Fabio hubiera logrado hechizarla.

Reaccionó de golpe y lo empujó con fuerza: «Fabio Serrano, yo soy una mujer de palabra. Si cumples tu parte del trato, no causaré ningún problema y daré a luz a este bebé sana y salva».

Dicho esto, Vanesa caminó apresuradamente hacia la puerta. De verdad temía que las cosas se salieran de control.

Fabio miró su mano vacía, y con total indiferencia, la deslizó de vuelta al bolsillo de su pantalón.

Cuando volvió a fijar sus ojos en ella, su mirada era mucho más afilada.

Con pasos pausados y elegantes, comenzó a seguirla.

Vanesa no respondió.

Por más que lo intentara, jamás aprendería a ser tan cínica e hipócrita como Giselle.

Además, no tenía ganas de armar un escándalo allí mismo.

«Por cierto, me acabo de enterar de que ese día también era tu cumpleaños. Te preparé un regalito a modo de disculpa», soltó Giselle, como si acabara de recordarlo. «Es solo que no había encontrado el momento adecuado, ni había visto a Fabio para pedirle que te lo llevara. Qué casualidad, lo traía en mi bolso, así que te lo daré ahora mismo».

Giselle puso su mejor cara de sinceridad: «Señorita Arias, feliz cumpleaños».

Al escucharla, la asistente sacó de inmediato el presente.

Era uno de esos accesorios de relleno que te obligan a comprar en Hermès.

La actitud de Giselle era un claro insulto, como si le estuviera diciendo que ella misma no era más que un accesorio desechable en la vida de Fabio.

Giselle le entregó el regalo a Vanesa en las manos.

Vanesa bajó la vista. En el instante exacto en que sus dedos rozaron la caja y Giselle la soltó, Vanesa también apartó las manos.

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