La caja contenía unos frágiles adornos de cristal de Hermès. Al impactar contra el suelo, se hicieron añicos al instante.
«Ups, lo siento. Qué manos tan torpes tengo», soltó Vanesa con total indiferencia.
No le importó dejar a Giselle Rivas en ridículo.
Giselle puso una expresión aún más lastimera: «Fabio... ¿Hice algo mal? Yo solo quería disculparme de corazón con tu esposa».
«¡Suficiente!», rugió de pronto el hombre, rompiendo el silencio que había mantenido.
El ambiente en el pasillo se volvió sepulcral.
Con los ojos enrojecidos, Giselle miró a Fabio, se agachó a medias y comenzó a recoger los fragmentos esparcidos en el piso.
Vanesa no movió ni un solo músculo. Solo se quedó de pie, observándola fijamente.
«He dicho que es suficiente», repitió Fabio, esta vez con un tono mucho más oscuro y peligroso.
Ya había agarrado a Giselle por la muñeca, deteniéndola.
«Fabio», susurró ella con voz entrecortada, «yo solo quería pedirle disculpas. Te juro que no sabía que también era su cumpleaños. Si lo hubiera sabido, jamás te habría puesto en esta situación tan difícil».
Sus palabras destilaban una culpa profunda, y la forma en que lo miraba solo reforzaba ese papel de mártir.
«Ve a tu consulta. Sé una buena chica», le ordenó Fabio sin rodeos.
Giselle se mordió el labio, luciendo más frágil y desamparada que nunca, como si le suplicara en silencio que no la dejara sola.
«Hazme caso», insistió él, remarcando cada sílaba con dureza.
Al percibir la irritación de Fabio, Giselle no se atrevió a decir una palabra más y se enderezó obedientemente.
«Está bien, iré a mi revisión», murmuró con voz débil.
Al levantarse, se acercó al cuerpo de Fabio y, en un tono que se aseguró de que Vanesa pudiera escuchar, le susurró: «El bebé te extraña».
El ceño de Fabio se relajó ligeramente y aflojó el agarre que mantenía sobre la muñeca de la actriz.
La actitud altanera de Vanesa enfureció a Fabio en un abrir y cerrar de ojos.
Él estaba intentando hablarle de buena manera, y ella se dedicaba a escupirle en la cara.
Soltó una risa seca, dio unos pasos largos hacia ella, la tomó del brazo y, con un tirón seco, la obligó a girarse para quedar frente a frente.
«¡Fabio!», gritó Vanesa, asustada.
Con su incipiente embarazo, un giro tan brusco como ese le causó un ligero mareo y malestar.
Instintivamente, se llevó la mano libre al vientre para proteger a su bebé.
«Vanesa, te doy la mano y te tomas el brazo entero, ¿te crees muy lista burlándote de mí en mi cara?», siseó Fabio, con la voz cargada de una furia gélida.
Vanesa apretó los labios y se limitó a mirarlo con terquedad.
«¿Acaso no lo soltaste a propósito? Sabías perfectamente que ella estaba muy cerca, y al dejarlo caer, casi le golpeas el vientre. Y ella no te reclamó nada, de hecho, trató de justificarte frente a mí en todo momento», le espetó Fabio, cada palabra era un ataque directo hacia ella.

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