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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 195

Fabio no se movió de su sitio. De pie y con las manos entrelazadas a la espalda, miraba a través del ventanal hacia la ciudad iluminada.

Sus ojos oscuros delataban una mente trabajando a toda velocidad.

Así que Vanesa decía la verdad. Giselle había montado toda esa farsa.

Se había equivocado con ella y, lo que era peor, la había tratado con una brutalidad innecesaria.

Al recordar la mirada desafiante de Vanesa, cargada de rencor y resentimiento, le fue imposible no sentir algo revoloteando en el pecho.

Incluso experimentó un fugaz e imperceptible destello de culpa.

Un remordimiento y una compasión inesperada por ella.

Pero en un parpadeo, esa emoción se desvaneció, arrastrada por su orgullo.

Como si nunca hubiera existido.

Para él, las reglas estaban claras:

En este matrimonio, Vanesa nunca tendría la última palabra.

Había sido ella quien se había arrastrado rogando unirse a la familia Serrano.

¡Si terminaba viviendo un infierno, era solo su culpa!

No tenía por qué sentir lástima por ella.

¿Qué importaba si en esta ocasión era inocente?

A sus ojos, Vanesa no era más que una pieza en su tablero.

Y un peón no tiene derecho a exigir justicia.

Con esa frialdad reafirmada en su mente, la expresión de Fabio se volvió sombría.

Su mirada recayó en el celular sobre el escritorio. Con un movimiento hábil de sus largos dedos, lo hizo girar en su palma.

Tras un largo silencio, marcó el número de Giselle.

Esperó pacientemente hasta que ella fuera la primera en hablar.

—Fabio... —Después de un breve silencio, la voz de Giselle sonó al otro lado de la línea, cargada de tristeza y a punto de romperse.

Él no podía verla, pero si hubiera estado allí, habría notado que la imagen del espejo le devolvía a Giselle una sonrisa triunfal.

Fabio la había buscado primero.

El rostro de Giselle perdió todo el color.

Él sospechaba de ella.

¿Se había tomado la molestia de investigarla solo para defender a Vanesa?

Sintió que las piernas le fallaban, pero hizo un esfuerzo titánico por no desmoronarse.

—Fabio, tiene que haber un malentendido. Te juro que no sé de qué me hablas. Yo recibí esas llamadas, te lo juro por mi vida —sollozó, defendiéndose con firmeza.

Con esa voz dulce y afligida, cualquiera habría dudado en acusarla de mentirosa.

Pero Fabio no dijo ni una palabra.

—¿Acaso no me crees? —preguntó ella con timidez, al no escuchar respuesta.

—Te lo prometo, mi amor, no sé de qué me estás hablando. —Giselle ya había empezado a llorar abiertamente, aunque con ese estilo delicado que lo cautivaba.

Él se quedó inmóvil, con una mano en el bolsillo del pantalón, escuchándola.

Su rostro no mostraba ninguna emoción.

Conocía esa voz a la perfección. Podía imaginarse exactamente los pucheros y lágrimas que ella estaría haciendo en ese preciso instante.

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