Vanesa levantó la mirada hacia Fabio. Él ya se había puesto de pie y la observaba desde arriba, con su habitual superioridad.
—¿Qué pasa? ¿Crees que porque fui un poco amable contigo, ya me tienes en el bolsillo? —Sus palabras se volvieron afiladas y crueles.
El rostro de Vanesa palideció. Las preguntas que estaban a punto de salir de sus labios murieron en su garganta.
Vaya idiota había sido.
—No te hagas ilusiones, Vanesa, y no vuelvas a cruzar la línea. No estás lista para las consecuencias —le advirtió él con dureza.
—Ver tu vientre solo me hizo pensar en Gigi. No creas que porque lograste ahuyentarla de Jalapa ahora puedes hacer lo que te plazca. —Soltó una risa seca, destilando veneno en cada palabra.
Era evidente que no tenía la menor intención de darle tregua.
Quería hundirla en el fango.
—No dudes ni por un segundo de mis palabras —continuó, con una expresión inescrutable—. Ya sabes que no hago promesas vacías, ¿entendido? Así que, para la próxima, más te vale ser obediente. Si no, no me hago responsable de lo que pueda llegar a hacerte.
Esa amenaza velada heló la sangre de Vanesa, robándole aún más el color del rostro.
Recordó el momento en que él la había amenazado con arrancarle al bebé, y pensó en el estado tan miserable en el que se encontraba Vicente.
Sabía de lo que Fabio era capaz.
Por eso, no se atrevió a contradecirlo. No pronunció ni una sola sílaba.
Sin agregar nada más, Fabio dio media vuelta y salió del dormitorio principal.
Solo cuando escuchó el pestillo de la puerta, Vanesa se desplomó sobre las sábanas, bañada en sudor frío.
El bebé en su vientre parecía haberse quedado quieto.
No sabía si por el susto de la discusión o por alguna otra razón.
Vanesa acarició su vientre durante un buen rato, susurrándole palabras de calma, hasta que sintió un leve movimiento en respuesta.
—Mi amor, mamá no dejará que nada te pase —le prometió en un murmullo firme y decidido.
El silencio absoluto reinó en la habitación.
Desde la calle llegó el rugido de un motor.
Vanesa giró la cabeza y, a través de la rendija de las cortinas, miró hacia la ventana panorámica.
Fabio se había ido.
No sintió gran cosa.
Cuando Giselle estaba en Jalapa, nunca pudo retenerlo a su lado.
Ahora que Giselle no estaba, tampoco podía hacerlo.
La conclusión era simple: nunca la había amado.


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