El terapeuta sabía perfectamente que Vanesa estaba sometida a un estrés insoportable y que acarreaba traumas muy difíciles de superar.
Pero a la hora de intervenir, se encontró atado de manos.
Porque, sin importar qué le preguntara, ella respondía con una cortesía mecánica.
Si intentaba profundizar en algún tema, ella simplemente escuchaba asintiendo, pero sin revelar nada sustancial.
Como profesional, sabía que esta era la peor de las señales.
A simple vista, parecía una persona completamente funcional, cuando en realidad se estaba consumiendo por dentro, escondida en los rincones más oscuros de su propia mente.
Esa barrera de aparente normalidad lo llevó a soltar un pesado suspiro de frustración.
—Hablé con la señora Serrano y, en apariencia, no muestra ninguna diferencia con alguien estable —explicó el terapeuta—. Pero ahí radica el problema: es imposible encontrar una brecha. Ella esquiva magistralmente los temas que no quiere tocar y evita profundizar. Y, lógicamente, no puedo forzarla. Según los test que realizamos, los resultados solo arrojan una ligera depresión.
El especialista le hizo un resumen honesto de la compleja situación.
—Por lo tanto, mi recomendación es mantenerla bajo observación e intervenir solo cuando sea estrictamente necesario. Esa docilidad que muestra es solo una fachada defensiva; en el fondo, sigue ofreciendo una tremenda resistencia. Si insistimos demasiado y la agobiamos, el resultado podría ser contraproducente.
Era la única alternativa viable dada su negativa a abrirse.
—Vendré cada dos días a la misma hora para charlar con ella. Quizás, con tiempo y constancia, logremos algo —concluyó el doctor.
Fabio lo escuchó con el rostro serio, absorbiendo cada palabra en silencio.
Después de unos instantes, asintió con pesadez. —Entendido.
El terapeuta se despidió y Fabio ordenó que un chofer lo llevara de regreso.
Caminó a paso lento hasta quedar frente a la puerta del dormitorio principal, pero su mano se detuvo antes de girar el pomo.
Se quedó parado allí afuera. Durante mucho, mucho tiempo.
...
A partir de ese día, Vanesa se mantuvo sumida en ese inquietante mutismo.
Una tranquilidad absoluta que enmascaraba sus tormentos internos.
Daba la impresión de haber superado el dolor, actuando como alguien que ya no estaba al borde del colapso emocional.
Comía sus tres comidas al día de forma rutinaria y respondía con normalidad a las preguntas casuales del personal.


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