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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 446

Había algo que no encajaba, pero no lograba descifrar qué era.

Por culpa de esa corazonada, Fabio exigió que le pasaran llamadas a la hora del desayuno, almuerzo y cena.

Don Ricardo, el mayordomo, le acercaba el teléfono a Vanesa con deferencia.

Ella descolgaba, pero nunca decía una palabra.

Aun así, Fabio solo necesitaba escuchar su respiración al otro lado de la línea para confirmar que ella seguía allí.

Vanesa no había vuelto a preguntar sobre los trámites de su divorcio.

Por el contrario, la que estaba desesperada era Giselle Rivas, quien no dejaba de presionar a Fabio, acorralándolo con preguntas.

Pero Fabio respondía con un silencio sepulcral, ignorándola por completo.

Con el tiempo, la molestia de Giselle se hizo evidente, aunque no se atrevía a reclamarle demasiado.

—¿Vanesa? —dijo la profunda voz de Fabio a través del auricular.

Silencio. Ni una sola respuesta.

Si Fabio pudiera verla a través del auricular, notaría que Vanesa simplemente había dejado el teléfono tirado a un lado, ignorándolo olímpicamente.

A decir verdad, ella ni siquiera escuchaba lo que él decía.

A veces, Fabio insistía haciendo videollamadas.

En esos casos, ella apuntaba el teléfono hacia un rincón y se quedaba sentada, como un mueble más, sin mostrar el menor interés.

Jamás cruzaba la mirada con él.

—Regreso mañana —le informó Fabio en un tono neutro.

Ella no se inmutó.

Acostumbrado a esa dinámica fría, él terminó colgando.

Vanesa bajó la mirada, perdiéndose en el vacío.

Mañana.

Una sonrisa imperceptible se dibujó en sus labios, cargada de un significado que solo ella entendía.

Esa noche, Vanesa cenó como siempre y se retiró al dormitorio principal.

El personal de servicio estaba acostumbrado a sus hábitos, así que nadie subió a molestarla.

Lo que ignoraban era que, mientras ellos hacían sus rondas habituales, Vanesa estaba llenando la bañera con agua caliente.

Sin siquiera quitarse la ropa, se sumergió lentamente.

En su mano derecha sostenía una cuchilla afilada: el perfilador de cejas que había rescatado del fondo de un cajón olvidado.

Lo contempló con una serenidad aterradora.

Una opresión sofocante en su pecho le advertía que algo terrible estaba a punto de pasar, algo irremediable.

Tenía programado el vuelo de regreso para el día siguiente, pero esa sensación asfixiante lo obligó a mover cielo y tierra para adelantar su boleto.

Apenas aterrizó, corrió hacia su casa como si lo persiguiera el mismo diablo.

—La señora ya se fue a descansar —informó don Ricardo, apresurando el paso detrás de él—. Su rutina de esta semana ha sido impecable, señor. Se acuesta puntualmente a las nueve y baja a la sala alrededor de las seis de la mañana.

Todos en la casa se habían relajado al ver que sus horarios eran normales.

Fabio dejó escapar un murmullo de entendimiento mientras llegaba a la puerta del dormitorio principal.

El mayordomo, respetuoso, se detuvo en el pasillo, sin intención de entrar.

Al abrir la puerta, Fabio se encontró con una oscuridad absoluta y un silencio sepulcral.

Frunció el ceño.

Habitualmente, Vanesa jamás apagaba la lámpara de noche; le tenía terror a la oscuridad total, especialmente en las últimas semanas.

Ese pequeño detalle encendió todas sus alarmas.

De un vistazo comprobó que la cama estaba vacía. Las sábanas estaban impecables; nadie se había acostado ahí en toda la noche.

—¿Vanesa? —llamó, y un leve temblor recorrió su voz.

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