Rápidamente y sin mirar atrás, Fabio comenzó a caminar hacia adelante.
Su movimiento brusco hizo que Giselle tropezara y tuviera que apresurarse para seguirle el ritmo.
Estaba furiosa.
Pero sabía que en un evento de esa magnitud no podía hacer un berrinche.
Así que, tragándose el coraje, lo siguió.
Giselle podía leer perfectamente lo que pasaba por la mente de Fabio.
Estaba molesto.
Sumamente molesto por la cercanía entre Vanesa y Julián.
Si a Fabio realmente no le importara Vanesa, ¿por qué le afectaría tanto verla con otro hombre?
Al recordar cómo él había estado retrasando constantemente la fecha de su boda y su negativa a hacer pública su relación, los ojos de Giselle se llenaron de un resentimiento oscuro.
Esa incomodidad en su pecho se volvía cada vez más insoportable.
Miró a Vanesa con una intensidad cargada de veneno puro.
Pero la expresión desapareció en un instante y Giselle recuperó su máscara de serenidad.
Mientras tanto, Fabio no dejaba de vigilar de reojo la mesa de Vanesa y Julián.
¿Conque se iban a casar? ¡Ja! Él y Vanesa ni siquiera habían oficializado el divorcio.
Los celos le quemaban las entrañas, revolviéndose en su corazón de una manera que nada podía calmar.
Durante el resto de la velada, Fabio no pronunció ni una sola palabra.
Por su parte, Vanesa logró comer un poco del caldo y se sintió mucho mejor.
—¿Ya no quieres más? —le preguntó Julián en voz baja, viendo el tazón a medio terminar.
Vanesa negó con la cabeza.
—Ya no me cabe más.
Últimamente, comía muy poco. Parecía que solo ingería lo estrictamente necesario para mantenerse con vida.
Julián no la obligó.
Con total naturalidad, terminó de comerse lo que ella había dejado.
Vanesa aún no se acostumbraba a esos gestos de intimidad, pero decidió no decir nada.
En ese momento, alguien se acercó a Julián.
Con todo lo que había pasado recientemente, no podía evitar sentirse a la defensiva. Que alguien se le acercara de esa forma la sobresaltaba.
—¿Usted es la señorita Arias? —preguntó la joven, visiblemente nerviosa.
Vanesa la evaluó con cautela.
—¿Y tú eres...?
—Soy Lucía Rojas, la hermana de Mariana Rojas. Necesito hablar con usted. Este es mi número, llámeme cuando pueda. —Hablaba rapidísimo, casi sin respirar—. Es algo muy importante, es sobre el doc...
Lucía no pudo terminar la frase porque escuchó pasos acercándose.
Asustada, se dio la vuelta para huir, pero antes de irse, miró a Vanesa con una intensidad que rogaba ser escuchada.
Vanesa se quedó paralizada por un segundo, mirando el papel arrugado en su mano.
Solo tenía un número de teléfono.
El nombre que Lucía había mencionado no le sonaba de nada.
Frunció el ceño, intentando recordar, pero su mente no lograba conectar los puntos.
Después de todo, llevaba días sintiéndose aturdida y exhausta.

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