Vanesa llegó a la entrada de los baños y respiró hondo.
Decidió que llamaría a Lucía más tarde.
Guardó el papel en su bolso y se dispuso a entrar, pero al levantar la vista, se encontró con la imponente figura de Fabio bloqueándole el paso.
Era la primera vez que se veían frente a frente desde que se habían separado en el Registro Civil.
Decir que Vanesa no estaba nerviosa sería mentir.
Pero frente a Fabio, se obligó a mantener la calma.
Ni siquiera se molestó en saludarlo; solo le dio un leve asentimiento y se dispuso a esquivarlo para entrar al baño.
Fabio no mostró ninguna reacción.
El corazón de Vanesa latía desbocado.
Mientras más tranquilo se veía él, más pánico sentía ella.
Al pasar por su lado, intentó tranquilizarse.
Se repetía mentalmente que Fabio no se atrevería a hacer una locura en ese lugar. Giselle estaba cerca, y Julián estaba a solo unos metros. Si gritaba, Julián aparecería de inmediato.
Con ese pensamiento, logró recuperar un poco de serenidad.
Pero nunca imaginó hasta qué punto podía llegar la audacia de Fabio.
Sin darle tiempo a reaccionar, la mano de Fabio se cerró como una tenaza alrededor de su muñeca.
Con un tirón violento, la estrelló contra su pecho.
Justo cuando Vanesa abrió la boca para gritar, la mano grande de él cubrió sus labios.
Vanesa abrió los ojos de par en par, incrédula.
Antes de que pudiera asimilarlo, Fabio la arrastró hacia el baño de hombres.
La puerta principal se cerró tras ellos y Vanesa fue arrojada sin piedad dentro de uno de los cubículos.
Cuando logró reaccionar, empezó a forcejear con todas sus fuerzas.
Fabio la miró con una expresión sombría.
—Atrévete a gritar. Te juro que no respondo de mis actos.
Estaban atrapados en ese estrecho cubículo.
La puerta del baño estaba asegurada desde adentro y todo estaba en completo silencio. Pero si alguien intentaba entrar y no podía, llamarían al personal. Si los descubrían, su humillación quedaría expuesta ante todos.
Y para empeorar las cosas, Julián también estaba involucrado.
Julián y el poder de la familia Jiménez.
Solo de pensarlo, a Vanesa se le erizó la piel.
Pero al sostener la mirada de Fabio, su mente se aclaró.
—Fabio, estamos divorciados. Con quién me acueste no es asunto tuyo —escupió con firmeza—.
—Ahora suéltame, o voy a gritar para que venga todo el mundo.
Fabio la miró fijamente, sin inmutarse.
Sus ojos eran como un pozo oscuro y sin fondo.
—Vanesa —dijo, pronunciando cada palabra con lentitud—, ¿estás segura de que estamos divorciados?

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