Vanesa no dijo nada, manteniéndose a una distancia segura de Fabio.
La policía llegó rápido; en menos de 5 minutos ya estaban en la puerta del apartamento, y Vanesa les abrió.
Fabio ya se había tranquilizado para entonces.
—¿Quién llamó? —preguntó uno de los oficiales.
—¡Fui yo! —respondió Vanesa—. Él intentó violarme.
Y señaló a Fabio.
Cuando los policías voltearon y vieron de quién se trataba, cambiaron de expresión. ¿Quién en Jalapa no conocía a Fabio Serrano?
Si Fabio Serrano quisiera estar con una mujer, jamás tendría que recurrir a la fuerza.
Los oficiales se miraron entre sí, sin saber cómo proceder.
Fabio, con el rostro serio, miró a la policía: —Disculpen. Fue una discusión de pareja y les hemos hecho perder el tiempo. Les pido una disculpa en nombre de mi esposa y mío.
Al escuchar esto, Vanesa quedó pasmada.
Durante los siete años que llevaban casados, Fabio jamás había hecho público su matrimonio.
Con el coqueteo público entre él y Giselle, todo el mundo daba por hecho que ella sería la futura señora Serrano.
Por más que Vanesa reclamara, él siempre la ignoraba y la callaba con excusas.
Y ahora, justo cuando estaban a punto de divorciarse, él soltaba frente a todos que eran esposos.
Las palabras de Fabio también tomaron por sorpresa a los policías.
Se miraron entre ellos de nuevo.
Luego, el oficial al mando se acercó a Vanesa, con un tono muy educado.
—Señora Arias, si se trata de un problema matrimonial, nosotros no podemos intervenir. Por favor, trate de arreglar estos asuntos en privado para no saturar la línea de emergencias —dijo el oficial, usando el tono más diplomático posible.
Tras decir esto, los policías dieron media vuelta y se marcharon.
Vanesa se quedó quieta, obligada a quedarse a solas de nuevo con Fabio.
Pero, al ver la mirada oscura de él, era imposible que no sintiera miedo.
Sin embargo, por mucho pánico que sintiera, se negaba a doblegarse. Lo miró fijamente, con los ojos rebosantes de un desafío obstinado.
La actitud de Vanesa no hizo más que alimentar el disgusto de Fabio.
Aunque el piso era de duela, el impacto que recibió su columna fue brutal.
El aire frío volvió a tocar su piel expuesta, erizándola por completo en una reacción de miedo visceral.
Fabio no dijo una sola palabra; su rostro era una máscara de hielo.
Parecía un demonio salido del infierno, decidido a hacerla pagar cada gota de rebeldía.
Sin darle tregua ni tiempo para prepararse, se abalanzó sobre ella, sometiéndola centímetro a centímetro.
Vanesa, con los nervios a punto de estallar, cerró los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas sin darse cuenta del dolor.
Fabio la miraba, sin pestañear.
Cuanto más se negaba ella a suplicar, más cruel se volvía él.
La piel radiante de Vanesa pronto se llenó de hematomas, marcas de la tiranía con la que él la invadía.
—Vanesa, devuélvele el dinero a Dante —advirtió Fabio de nuevo, con la voz ronca.
Vanesa, destrozada por el dolor, le respondió con la misma terquedad: —Es problema mío. Ya nos vamos a divorciar, no tienes derecho a decirme qué hacer. Fabio, en lugar de desgastarte aquí, mejor ve a consolar a tu adorada Giselle.

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