Esa Vanesa era la señora Jiménez.
¿Julián se había casado con ella porque compartía el mismo nombre y la misma mirada que su antiguo amor? ¿Se había buscado un reemplazo?
Conociendo la obsesión pasada de Julián, la idea tenía bastante sentido. Además, en el mundo de las grandes familias, los matrimonios por conveniencia eran el pan de cada día.
—¿Acaso no pedí que cerraran la tienda? —dijo Julián, fulminando al gerente con la mirada, su voz cargada de hielo.
El gerente se puso pálido y tartamudeó una excusa: —Señor Jiménez, la señora Serrano tenía una cita programada con anticipación, nos fue imposible cancelar...
—No me des excusas. No las acepto —cortó Julián en seco.
Luego, fijó su mirada en Giselle, sin el menor rastro de cortesía. —Saquen a las personas que no tienen nada que hacer aquí. No quiero que nada ni nadie incomode a mi esposa mientras se prueba la ropa.
El ataque era directo. Julián nunca había tolerado a Giselle. Desde siempre, en cualquier evento donde se cruzaran, él la humillaba sin piedad. Durante los últimos años, Julián nunca había evitado a Fabio ni a Giselle; era ella quien huía despavorida cada vez que lo veía. Julián era impredecible, y Giselle no se atrevía a provocarlo.
Pero ahora, frente a frente y en una situación tan expuesta, Julián la estaba dejando en ridículo frente a todos.
El rostro de Giselle se tornó de un rojo furioso.
—Señor Jiménez, supongo que conoce la regla de 'el primero en llegar tiene la preferencia'. ¿No teme que este escándalo afecte su imagen? —dijo ella, aferrándose a su orgullo.
Julián soltó una carcajada sarcástica. —¿De qué debería tener miedo? Estamos en Monterrey, Giselle. Aquí los Jiménez son los que mandan. Aunque yo sea el último en llegar, mi palabra es la ley. ¿Quedó claro?
—Tú... —Giselle se quedó sin argumentos, sintiéndose humillada.
Julián ignoró sus balbuceos y volvió a mirar al gerente. —¿O prefieres que yo mismo la eche a la calle?
El gerente, aterrorizado, casi corrió hacia donde estaba Giselle.
Justo en ese momento, Vanesa asomó la cabeza desde la sala VIP al escuchar el alboroto.
Julián se quedó inmóvil, con el rostro inexpresivo, pero su postura dejaba en claro que no daría un paso atrás.
El gerente se volvió hacia Giselle. —Señora Serrano, le ofrezco mis más sinceras disculpas, pero le pido amablemente que se retire.
Aunque sus palabras fueron educadas, el tono no dejaba lugar a dudas: era una orden, no una sugerencia.
Giselle sabía que no podía hacer un escándalo en territorio ajeno. Mucho menos enfrentándose al heredero Jiménez. Tampoco podía contar con el respaldo de Fabio; él no movería un dedo por ella. Si se aferraba a quedarse, solo conseguiría humillarse más.
Por mucho que le hirviera la sangre, no iba a perjudicarse a sí misma. Sin decir una palabra más, salió de la tienda con el rostro desencajado.
El gerente la acompañó hasta la puerta, disculpándose profusamente.
Cuando Giselle llegó, lo había hecho con gran alboroto, atrayendo a varios paparazzi. Ahora, al verla salir tras la llegada de Julián, los reporteros sumaron dos y dos.

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