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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 537

Giselle frunció el ceño y miró a la empleada, sin disimular su disgusto.

En Jalapa, nadie se atrevería a negarle algo. Pero esto era Monterrey. Por más molesta que estuviera, no podía armar un escándalo.

El ambiente se volvió tenso e incómodo.

En ese preciso instante, Vanesa entró a la tienda, acompañada por el gerente.

Al verla, Giselle sintió que el corazón le daba un vuelco, aunque rápidamente intentó mantener la calma. Por un segundo, creyó estar viendo a la verdadera Vanesa Arias. Sin embargo, su raciocinio le recordó que Vanesa estaba muerta. Además, la mujer frente a ella proyectaba un aura completamente distinta: radiante, segura de sí misma, envuelta en la innegable elegancia de alguien que había vivido rodeada de lujos y atenciones.

Aun así, el increíble parecido físico hizo que Giselle apretara los puños.

—Señora Jiménez, por aquí, por favor —le indicó el gerente a Vanesa con suma cortesía—. Ya tenemos lista su selección de prendas.

—Perfecto —respondió Vanesa con una sonrisa educada.

Fue entonces cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Giselle. Arqueó una ceja, imperceptiblemente. Vaya coincidencia, encontrársela justo allí.

Vanesa sabía perfectamente qué estaba haciendo Giselle en Monterrey. Pensó que sus caminos se cruzarían el día de las audiciones, no en una boutique.

Pero, manteniendo una fachada impecable, la miró con una sonrisa indescifrable.

—Señorita Rivas —la saludó Vanesa.

No era extraño que supiera su nombre, considerando que era la esposa de Fabio Serrano, una celebridad y alguien que disfrutaba alardeando de su estatus. Sin embargo, al escuchar ese título, la expresión de Giselle se endureció. Ella detestaba que la llamaran 'señorita Rivas'; exigía que todos se dirigieran a ella como 'la señora Serrano'.

—¿Y tú eres...? —preguntó Giselle, tratando de mantener las apariencias, consciente de que estaban en público.

Vanesa sonrió. —Vanesa.

Al escuchar ese nombre, Giselle palideció.

—¿Acaso mi nombre le incomoda, señorita Rivas? —añadió Vanesa con total tranquilidad.

En Monterrey, el apellido Jiménez era bastante común. Giselle conocía a varios empresarios con ese apellido, pero solo había una familia a la que realmente le temía: la poderosa dinastía que ocupaba la cima del poder económico en la ciudad.

'No puede ser tanta casualidad', pensó.

Ante la pregunta, la empleada respondió con diplomacia: —Lo siento mucho, señora Serrano, pero no estamos autorizados a divulgar la información privada de nuestros clientes.

Era una negativa educada, pero firme.

Giselle, cuidando su imagen pública y desesperada por limpiar su reputación en la industria del entretenimiento, no podía permitirse hacer una escena. Por lo tanto, no insistió.

De repente, un gran revuelo en la entrada de la tienda interrumpió el tenso silencio. Las empleadas corrieron hacia la puerta.

Giselle levantó la mirada y se quedó helada. Era Julián Jiménez.

Él la vio de inmediato y soltó una risa burlona, sin ocultar su desprecio. En ese instante, todas las piezas encajaron en la cabeza de Giselle.

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