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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 539

—Señora Serrano, ¿por qué salió tan rápido?

—¿Tuvo algún altercado con el joven Jiménez?

—¿Es verdad que el señor Jiménez pidió vaciar la tienda y a usted la obligaron a salir?

Los paparazzi siempre habían sido implacables, y no iban a mostrarle ni una gota de piedad, mucho menos cuando olían un escándalo.

Giselle sentía que la cara le ardía de la vergüenza ante la lluvia de preguntas. Sin dignarse a responder, se refugió rápidamente en la van de lujo bajo la protección de su asistente.

Una vez dentro, su máscara de serenidad se desmoronó por completo.

—¡Averigua todo sobre esta Vanesa! ¡Quiero saber de dónde salió y quién es exactamente! —le gritó a su asistente sin pensarlo dos veces.

—E-entendido —respondió la chica, aterrorizada.

El ambiente dentro de la camioneta se volvió insoportablemente tenso.

Poco después, el vehículo arrancó. Casi de inmediato, el titular en todos los medios de Monterrey fue el mismo: Giselle Rivas había sido expulsada de una tienda de lujo por Julián Jiménez. Los artículos no perdieron la oportunidad de insinuar que su estatus actual estaba por los suelos y que solo intentaba mantener las apariencias.

Durante todo el escándalo, Fabio no emitió ni una sola declaración para defenderla.

Eso, por supuesto, la hizo enfurecer aún más.

Al llegar al hotel, el equipo de estilistas ya la estaba esperando. Los vestidos habían sido conseguidos a último minuto. Y sí, conseguidos prestados, no comprados.

Era una práctica común en el mundo del espectáculo; a fin de cuentas, a nadie le gustaba gastar fortunas en prendas de un solo uso, por lo que las actrices solían apoyarse en sus contactos con las marcas.

Pero para alguien que presumía ser 'la esposa de Fabio Serrano', era inaceptable. Con la fortuna de la familia Serrano, Giselle no tendría por qué andar pidiendo ropa prestada; podría comprar todo lo que deseara. El problema era que Fabio simplemente no quería costearle esos caprichos.

Este detalle llevaba años siendo el hazmerreír del círculo social. Giselle siempre intentaba justificarlo con la excusa de ser 'ahorrativa y no derrochar', lo cual sonaba medianamente creíble.

Giselle no era estúpida; entendió la indirecta y sintió cómo la frustración le quemaba la garganta. Pero, esforzándose por mantener su fachada de esposa sumisa y comprensiva, respondió:

—Lo sé... por eso, aunque me dolió, me fui de la tienda. Solo no quería que pasaras una vergüenza por mi culpa.

Intentó hacerle creer que todo su sacrificio había sido por él.

Fabio volvió a guardar silencio.

—Fabio... —susurró ella.

—Tengo trabajo que hacer. Más tarde enviaré a un chofer a recogerte —dijo él, dispuesto a cortar la llamada.

Esa indiferencia terminó de desatar la furia de Giselle.

—¡Fabio, ¿no vas a venir por mí?! ¡El evento de esta noche es súper importante! Si no llegamos juntos, la gente va a empezar a murmurar. Dirán que nuestro matrimonio es una farsa, que mis vestidos son alquilados y no comprados... ¿De verdad quieres que seamos el centro de las burlas? —reclamó, incapaz de contenerse.

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