Giselle apareció con extrema puntualidad.
Era la tercera en pasar.
Vanesa no movió un músculo en toda la audición. Carla Castillo estaba a su lado.
A través de los monitores, ambas observaron el fragmento de la actuación de Giselle.
Con el guion de «Anhelo», los actores solo recibían pequeñas escenas aisladas, no el texto completo.
El proyecto se manejaba con absoluta confidencialidad.
Nadie conocía la trama en su totalidad.
Tenían que deducir a sus personajes basándose en esos pequeños retazos.
Por supuesto, el nombre de la protagonista y los roles principales eran de dominio público.
—Directora Arias, es innegable que este personaje se hizo a su imagen y semejanza. Prácticamente no está actuando, solo siendo ella misma —comentó Carla sin rodeos.
Vanesa guardó silencio, observando la pantalla con suma atención.
—¿Y qué haremos si rechaza el papel? —preguntó Carla.
—No lo hará. Necesita el dinero —respondió Vanesa con una calma pasmosa.
Carla se quedó algo sorprendida, pero fue lo bastante astuta como para no indagar más.
En el fondo, entendía por qué Vanesa le había pedido escribir esas tramas específicas.
Por lo tanto, no iba a cuestionar sus decisiones.
Ambas continuaron hablando en voz baja por un momento.
Afuera, las pruebas finalmente habían concluido.
Dado el enorme presupuesto de «Anhelo», ninguna de esas actrices, por más famosas que fueran, se atrevía a irse sin escuchar el veredicto.
A través de la cámara, Vanesa vio cómo el director salía para anunciar los resultados.
Esperó un par de segundos y luego salió ella también, con pasos firmes. Carla se quedó oculta en la cabina.
Giselle ya conocía su rostro.
Y para alguien como ella, que estaba acostumbrada a andar por caminos turbios, la paranoia era su mejor amiga.
Si veía a Carla, de inmediato empezaría a atar cabos.
¿Y cómo iba Vanesa a permitir que Giselle se le escapara de las manos?
Cuando Vanesa llegó al pasillo, Giselle estaba discutiendo acaloradamente con el director.

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