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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 610

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Giselle se quedó paralizada en el concreto, ardiendo de humillación e impotencia. No podía hacer absolutamente nada.

Su asistente se acercó a paso rápido, susurrándole al oído con voz temblorosa:

—Señorita Rivas... tenemos que ir al set. No podemos llegar tarde, el Director Linares detesta la impuntualidad.

Le estaba lanzando un salvavidas para sacarla de ahí antes de que la escena fuera aún más patética.

No era que Giselle estuviera desistiendo; simplemente sabía que no podía hacer un escándalo peor y arriesgar su carrera.

No era idiota. Sabía que pelear contra Fabio de frente era un suicidio social.

Asintió de mala gana, dio media vuelta y caminó con la cabeza en alto hacia su van de lujo.

En cuanto se cerraron las puertas de la camioneta, el rostro de Giselle se transformó en una máscara demoníaca.

La asistente se pegó a la ventana, aterrorizada de emitir cualquier sonido.

Giselle apretó los puños durante un largo rato antes de sacar su celular y marcar el número de doña Graciela Galván.

—Mamá —saludó Giselle, endulzando la voz todo lo que pudo.

Graciela nunca la había odiado, pero tampoco la soportaba. Su sueño siempre fue que Fabio se casara con alguien de su misma clase social.

Vanesa había colmado la paciencia de la vieja matriarca en el pasado, así que, por descarte, toleró a Giselle cuando esta le dio un nieto varón.

Graciela adoraba con locura al pequeño Santiago. Por eso hacía la vista gorda ante las excentricidades de Giselle.

Sin embargo, en los últimos tres años, desde que Giselle se empeñó en regresar al mundo del espectáculo, la paciencia de su suegra se había ido desgastando. A Graciela le repugnaba la idea de que su nuera se exhibiera en la pantalla.

—¿Para qué me llamas? —respondió Graciela con un tono cortante y gélido.

Ella, en cambio, ya no era nadie para él.

Pero antes de que pudiera terminar de pintar su cuadro de víctima, la voz cortante de Graciela la interrumpió.

—Suficiente —le espetó, claramente harta.

Giselle se quedó muda.

—Ya deberías saber que yo no puedo controlar los arranques de Fabio —prosiguió la señora con frialdad.

Giselle no tuvo cara para refutar eso.

—Además, sabías perfectamente que ni a Fabio ni a nadie en esta familia le parecía bien que volvieras a la farándula. Pero como te encaprichaste en hacer tus peliculitas... ¿con qué derecho vienes ahora a reclamarle lo que hace? —Graciela no tuvo piedad—. Fabio necesita a una señora de casa, no a una actrizucha revoloteando frente a las cámaras todo el día.

Al menos en eso, para Graciela, Vanesa había sido mucho mejor esposa que Giselle.

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