Después de tantos años compartiendo su vida con él, le resultaba imposible permanecer indiferente.
Pero ahora que la pregunta del millón estaba sobre la mesa, Vanesa se sentía incapaz de formular una respuesta.
Probablemente, el trauma del pasado la había dejado tan rota que el simple hecho de hablar de amor le provocaba terror.
Por eso, se encerró en un silencio que lo decía todo.
Para Julián, esa falta de respuesta fue más que suficiente.
Soltó una risa amarga y hueca, llena de desprecio hacia sí mismo.
—Vane, seamos sinceros... en el fondo nunca has podido olvidarte de Fabio, ¿verdad? —preguntó Julián, lanzándole la verdad a la cara sin la más mínima delicadeza.
Vanesa, sorprendentemente, se mantuvo en absoluta calma.
Luego de un rato, respondió: —Ya lo dejé en el pasado. Pero todo ese rencor, toda esa humillación que soporté durante años, exige un castigo ejemplar para que por fin pueda dormir tranquila.
Sus palabras fluyeron con una serenidad aterradora.
Julián entendía a la perfección el infierno que ardía en su interior.
Sabía mejor que nadie que la vida de Vanesa, durante todos estos años, había sido un tormento constante.
Toda esa fachada de triunfo y bienestar no era más que una máscara para tranquilizar a los demás.
En la intimidad, Vanesa seguía siendo prisionera de la gigantesca sombra de Fabio.
Había pasado gran parte de ese tiempo luchando contra una profunda depresión.
Vivía dependiendo de antidepresivos y tranquilizantes.
Incluso en ese mismo momento, durante su viaje a Jalapa, seguía bajo estricto tratamiento médico.
Hasta su propio terapeuta se lo había dicho: la única persona capaz de curar esa herida era quien se la había provocado; nadie más en el mundo podía salvar a Vanesa de sus propios demonios.
Solo ella tenía el poder de desatar ese nudo en su alma.
Siendo esa la realidad, Julián no tenía derecho a prohibirle seguir adelante con su plan.
Pero de ahí a que estuviera feliz con la situación, había un abismo de distancia.
Su pecho estaba inundado de terror.
Sabía que ese enfermizo juego entre Vanesa y Fabio terminaría en tragedia.
Con el corazón encogido, Julián habló pausadamente: —Vane, conozco de sobra tus razones. Pero...
Se detuvo por un segundo, buscando la manera menos dolorosa de decirlo.
Vanesa no interrumpió; esperó en silencio sus palabras.


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