En cambio, Vanesa comenzó a vestirse con toda la calma del mundo.
—Será mejor que consuele a la señora Serrano —dijo Vanesa con una sonrisa—. ¿O acaso soy yo la que le está trayendo problemas, señor Serrano?
Al terminar la frase, ya se había puesto de pie.
Fabio fijó sus ojos en ella.
Giselle, enloquecida por la indiferencia con la que Vanesa la trataba, perdió por completo los estribos.
—¡Sinvergüenza! ¡Juro que la familia Jiménez te destruirá! —chillaba.
Vanesa se acercó y se detuvo justo enfrente de ella.
—No se preocupe por mí. Todos sabemos que no tiene los contactos para llegar a la familia Jiménez. Lo único que puede hacer es correr a llorarle a la prensa y abrir esa boca. Por mí, adelante. A fin de cuentas, la única que quedará en ridículo será usted. —Vanesa sonrió, sin que se notara ni una gota de temor en su rostro.
Continuó hablando sin ninguna prisa:
—Además, ¿no cree que usted tiene problemas mucho más urgentes que atender?
No le importaba en lo más mínimo armar un escándalo.
De hecho, parecía estar rogando que el fuego se avivara.
Era imposible que Giselle no se volviera loca.
A pesar de que Fabio seguía sujetándola, intentó desesperadamente soltarle una cachetada a Vanesa con la mano libre.
—¡Giselle! —la voz de Fabio resonó como un trueno.
En el segundo siguiente, la arrastró literalmente fuera de la habitación.
Vanesa se quedó sola dentro.
Levantó una ceja, mirando la puerta del dormitorio principal con una expresión indescifrable.
Desde el pasillo le llegaban los ecos de la pelea entre la pareja.
Casi todo era la voz histérica de Giselle.
Pero la discusión no duró demasiado.
Claramente, Fabio detestaba el drama y los gritos innecesarios.
Vanesa lo sabía mejor que nadie.
Hace años, incluso en su peor momento, ellos nunca habían protagonizado una escena de gritos de esa magnitud.
—A partir de ahora, y sin mi autorización, mi esposa tiene prohibida la entrada a esta casa —le ordenó Fabio al personal con dureza.

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