Vanesa miró a Fabio con sorpresa.
No esperaba que las cosas salieran tan fluidamente.
Pero él ya daba por concluido el asunto: —Mañana las llevaré al hotel por su equipaje, y luego las dejaré en el aeropuerto.
—Está bien —accedió ella.
Por muy cruel o desalmado que pudiera ser Fabio en otras circunstancias...
Cuando se trataba de cumplir su palabra, era un hombre cabal.
Así que Vanesa no dijo nada más, se dio la vuelta y se dirigió a su habitación.
Pero justo en ese momento, la mano de Fabio la sujetó por la muñeca.
Vanesa frunció el ceño y volteó a verlo, presa de su agarre.
Fabio bajó la mirada hacia ella, pero no hizo ningún otro movimiento.
Sus miradas chocaron en el aire.
Y Vanesa no desvió la vista.
—Voy a revisar cómo está Paz —dijo ella, rompiendo el silencio.
Fabio soltó un ligero sonido de asentimiento.
Pero no soltó su mano.
Vanesa se tensó, sin saber qué planeaba él.
—Vanesa, a mí, en lo personal, me encantan los retos —dijo Fabio lentamente, sin ninguna prisa.
A diferencia de la tensión palpable en Vanesa, Fabio lucía completamente relajado.
Era como una advertencia encubierta.
Dicho eso, Fabio la soltó.
Vanesa no respondió.
Se dio la media vuelta y caminó a paso rápido.
Pero había captado a la perfección el mensaje de Fabio.
Ella había planeado meticulosamente hacer que él se enamorara de ella, para luego revelar su verdadera identidad y abandonarlo.
¿Cómo no iba a darse cuenta Fabio de ese juego?
Lo único que él aún no lograba descifrar era, precisamente, su verdadera identidad.
Decir que Vanesa no sentía pánico sería mentir.
Se sentía acorralada, como si la estuvieran llevando al borde de un precipicio paso a paso.
Al regresar a la habitación, el silencio se sentía aún más denso.

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