Vanesa se quedó pasmada mirando los documentos.
La voz de Julián resonó en la habitación, cortante como el hielo:
—Aquí tienes pruebas suficientes en contra de Giselle. Si quieres destruirla, con esto te resultará fácil. Además, ahora que Carla está de tu lado, que ella sea quien dé la cara es tu mejor estrategia.
Hizo una pausa calculada antes de soltar el golpe de gracia:
—Vanesa, no olvides que hace cinco años, tú misma te declaraste culpable. Lo confesaste con tu propia boca. El único motivo por el que ese caso se cerró fue porque te dieron por muerta. Si tu verdadera identidad sale a la luz, Giselle tendrá todos los recursos legales para volver a meterte tras las rejas. Ni siquiera ha prescrito el tiempo de condena, ¿lo entiendes?
La seriedad en el rostro de Julián era absoluta, sus ojos fijos en los de ella, sin darle tregua.
Vanesa guardó un silencio sepulcral.
Era un detalle crucial que, en medio de su vendaval de emociones, había pasado por alto.
—En aquel entonces, estabas dispuesta a tirar tu vida por la borda porque creías que Paz estaba en peligro —continuó Julián, sin piedad—. Pero ahora, ¿vas a arriesgarte a que te encierren de nuevo y dejar a Paz abandonada? ¿Estás segura de que quieres que crezca sin saber que eres su verdadera madre? ¿Cómo vas a mirarla a los ojos el día de mañana? ¿Planeas vivir en las sombras toda tu vida?
Cada pregunta que salía de la boca de Julián era un latigazo directo a la conciencia de Vanesa.
Cada palabra le desgarraba el alma.
El dolor era insoportable.
Y lo peor de todo era que no tenía cómo refutarle absolutamente nada.
Julián se quedó observándola de pie.
—Vanesa, esto se acaba aquí.
Y sin embargo, pareció no querer obligarla a darle una respuesta en ese mismo instante.
El departamento se sumió en un silencio asfixiante.
Vanesa, con la cabeza gacha, parecía perderse en un abismo de dudas.
A su lado, el celular sobre el sillón no dejaba de vibrar.
Era Fabio otra vez.
En esta ocasión, Julián no hizo amago de impedir que contestara.
La decisión de tomar o rechazar la llamada estaba enteramente en manos de Vanesa.
Pero el eco de las implacables palabras de Julián martilleaba su mente sin cesar.
Se daba cuenta de que, por su propia imprudencia, se había arrinconado en un callejón sin salida.
Finalmente, soltó un suspiro cargado de rendición.
Levantó la vista y miró a Julián con determinación:
—Hablaré con él para dejarle las cosas claras. Y sobre lo de Giselle... dejaré que Carla se encargue.
Julián recibió la respuesta con una calma inquietante.
Tal vez ya sabía que ella tomaría ese camino, o tal vez era otra cosa.
Sin dejar de mirarla, cerró los puños a los costados de su cuerpo.

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