Vanesa frunció levemente el ceño, aún incapaz de adivinar qué planeaba Fabio.
—¿Qué haces? —preguntó directamente, su tono impregnado de resistencia.
—¿Me tienes mucho miedo? —La voz de Fabio, por el contrario, era tranquila.
Vanesa no respondió, pero Fabio tampoco hizo ningún movimiento amenazante.
Tras unos instantes de silencio, él volvió a hablar: —Ten a este bebé, sin importar de quién sea. Una vez que nazca, te dejaré libre.
Eso era ceder.
Vanesa frunció el ceño, desconcertada; jamás imaginó escuchar algo así de sus labios.
—¿Qué quieres decir con eso? —le preguntó.
Entonces, ¿él quería que tuviera al bebé?
¿Y se lo estaba pidiendo con tanta calma?
—Vanesa, llevamos siete años casados. No es que desconozca por completo cómo eres —prosiguió Fabio con la misma tranquilidad.
Vanesa lo miró confundida.
Quizás era como el dicho: el que se quema con leche ve una vaca y llora; en el fondo, seguía asustada.
—Sé que, mientras estemos casados, serías incapaz de serme infiel. Antes me dejé llevar por la ira y me comporté pésimo, así que te pido disculpas —se disculpó por iniciativa propia.
—¿Me estás pidiendo perdón? —Vanesa estaba genuinamente atónita.
—Sí. Te pido perdón —dijo Fabio. Aunque su tono aún sonaba algo rígido, al fin y al cabo era una disculpa.
Sus palabras mostraban confianza en ella, en lugar de desconfianza.
—Antes estaba furioso porque me ocultaste lo del embarazo, y malinterpreté que querías deshacerte del bebé. Con todo lo que ha pasado últimamente, me dejé dominar por el impulso —explicó, justificándose.
Vanesa lo escuchaba, encontrándolo todavía increíble.
Sus manos apretaron con fuerza las sábanas.
Parecía que estaba alucinando.
Su mirada hacia Fabio seguía siendo recelosa.
Las palabras de él la conmovían un poco, pero mantenía la cabeza fría.
—Vanesa —la llamó Fabio otra vez—. No soportarías perder a este bebé, ¿verdad?
Dio justo en el clavo.
Eso hizo que Vanesa apretara aún más las sábanas bajo sus manos.
Era cierto, le dolía demasiado, o no habría estado dudando tanto.
Una nueva vida unida a ella por la misma sangre... No podía cometer una atrocidad semejante.
Había crecido en un hogar roto, y su único hermano gemelo seguía desaparecido.
Lo que más anhelaba era una familia estable y tener dos hijos.
Tal vez, precisamente por no haberlo tenido nunca, su deseo era aún más fuerte.
Además, después de siete años de matrimonio, ¿cómo no iba a amar a Fabio? ¿Cómo podría ser indiferente?
Por eso, no lograba ser tan fría y calculadora.

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