Giselle no le dio más vueltas al asunto.
Pero en el fondo, una inquietante corazonada se instaló en su pecho.
En cuanto el vehículo se detuvo por completo, bajó a toda prisa y caminó hacia la zona de llegadas.
No se cubrió en absoluto; se pavoneó abiertamente, dejando que los reporteros de Monterrey la fotografiaran a su antojo.
Su meta era gritarle al mundo que ella estaba allí.
Vanesa subió la ventanilla y dejó escapar una media sonrisa.
No se detuvo; su vehículo se alejó suavemente.
Era evidente que los paparazzi no reconocían la camioneta de Fabio.
De lo contrario, Vanesa no habría podido escapar con tanta facilidad.
Después de todo, no estaban en Jalapa, sino en Monterrey, donde Fabio mantenía un perfil mucho más bajo.
Solo cuando el vehículo se alejó, Paz miró a Vanesa:
—¿Ya no vamos a comer con Santiago?
—Lo esperaremos en el restaurante —respondió ella.
—Está bien. Tampoco me ha mandado ningún mensaje —se quejó Paz haciendo un puchero.
—Hay demasiados reporteros, la situación está un poco tensa —explicó Vanesa de forma breve.
Paz asintió obediente.
A la pequeña tampoco le agradaban los paparazzi de Monterrey.
Eran del tipo que te empujan la cámara directo a la cara.
Años atrás, cuando Julián llevó a Paz de paseo, los paparazzi habían hecho exactamente lo mismo.
Incluso tuvieron el descaro de preguntarle a Julián si ella era su hija secreta.
Julián no era alguien con quien se pudiera jugar; sin pensarlo dos veces, le dio un puñetazo al reportero y destrozó su cámara en el acto.
Y luego de que él se encargara de vetarlo en todos los medios, aquellos buitres de Monterrey por fin aprendieron la lección.
Pero, para ser sincera, Paz aún sentía escalofríos al recordarlo.
—¡Ah! Santiago acaba de mandarme un mensaje —avisó Paz.
—Dile que lo vamos a esperar en el restaurante —le indicó Vanesa, echándole un vistazo de reojo.
—De acuerdo —asintió la niña.

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