La asistente tenía absolutamente todo bajo control, sin descuidar el más mínimo detalle.
Con los padres de Carla en Monterrey, era imposible que algo saliera mal.
Al fin y al cabo, Monterrey era el territorio intocable de la familia Jiménez.
Los conflictos del pasado estaban enterrados en Jalapa y la capital.
Y esos círculos de poder no solían cruzarse.
Además, a cualquier persona que la familia Jiménez decidiera proteger, tanto Jalapa como la capital le mostrarían respeto por simple cortesía.
Por no hablar de que, en la capital, también contaban con el respaldo de la familia Urbina.
—Entendido —respondió Vanesa con tono indiferente, sin añadir nada más.
Caminó discretamente hacia el interior del centro comercial.
El lugar era un hervidero de gente.
Al margen de la reputación de Giselle, nadie podía negar el magnetismo que ejercía sobre las masas.
El sitio estaba atestado de guardias de seguridad.
El enorme atrio de Plaza Norte estaba decorado con un lujo deslumbrante.
La seguridad mantenía a la multitud a raya.
Vanesa se quedó en un rincón apartado, sin ninguna intención de acercarse al tumulto.
Paseó la mirada lentamente hasta encontrar a Giselle.
Llevaba un vestido elegante y discreto, que proyectaba esa misma aura de dulzura que había cultivado con tanto esmero a lo largo de los años.
Interactuaba con su club de fans con una gran sonrisa y sin mostrar aires de superioridad.
Pero Vanesa sabía perfectamente que todo era un mero teatro.
Giselle nunca había sido de las que se codeaban con cualquiera por gusto.
Para ella, los fans no eran más que cajeros automáticos con patas.
Solo sonreía si había dinero de por medio.
Especialmente ahora, cuando las cosas no le estaban yendo nada bien.
Vanesa observaba la escena con rostro impasible, mientras con el rabillo del ojo buscaba a Fabio entre la multitud.
Pero no había rastro de él.
Frunció levemente el ceño.
Incluso su asistente parecía desconcertada: —Se supone que Fabio debería estar aquí, pero no lo veo por ninguna parte.
Vanesa no dijo ni una palabra.
Sus tacones giraron lentamente sobre el piso pulido, como si estuviera tramando su próximo movimiento.
Mientras tanto, en el centro del escenario, Giselle era todo sonrisas.
Hasta que su radar interno detectó la presencia de Vanesa.
El color abandonó su rostro por una fracción de segundo.

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