Poco después, el teléfono de Fabio no dejaba de sonar. Esta vez, todas las llamadas eran de Giselle.
Él no respondió ni una sola.
Giselle solo llamaba para dar explicaciones, justificándose interminablemente.
Tenía la mala costumbre de lavarse las manos y pretender que nada tenía que ver con ella, como si fuera una víctima inocente.
Fabio ya no quería escucharla.
Su paciencia se había agotado por completo.
Al ver que no le contestaba, Giselle empezó a bombardearlo con mensajes de texto, uno tras otro.
Giselle: [Fabio, te lo juro, esto no tiene nada que ver conmigo. Tienes que creerme.]
Giselle: [Sí estuve allí, pero cuando vi que las cosas se salían de control, me fui. Esos videos son solo de cuando llegué, de verdad no sabía lo que pasó después. Además, ¿por qué haría yo algo así? ¡No tenía motivos!]
Giselle: [Fabio, no puedes dejar que esto siga creciendo. Ya sabes cómo son los chismes de la prensa en Monterrey, inventan cualquier cosa. A mí no me importa mi reputación, ¡pero piensa en cómo afectará a Santiago!]
...
Los mensajes no paraban de llegar.
Fabio ni siquiera los leyó.
Su mirada estaba fija en Vanesa, quien estaba parada frente a él con una calma pasmosa.
Él no apartó los ojos, sosteniendo la mirada de ella con intensidad.
—¿Fuiste tú quien lo planeó? —le preguntó Fabio en un tono casual.
Él no era estúpido, y tampoco le veía el caso a fingir que lo era.
Vanesa había sido demasiado obvia; hacerse el ciego a estas alturas carecía de sentido.
—¿Acaso el señor Serrano no lo investigó ya todo? —respondió Vanesa, dedicándole una sonrisa.
Fue una respuesta directa, sin una pizca de disimulo. Lo miraba con total transparencia.
La mirada de Fabio se mantuvo serena. —¿Camila no está muerta? Esa Carla... es ella, ¿verdad?
Vanesa ni lo confirmó ni lo negó.
—¿Qué fue lo que realmente pasó en ese entonces? —insistió Fabio.
—Siendo usted un hombre tan inteligente, ¿de verdad necesita que yo se lo cuente? Si hasta los paparazzi de Monterrey pueden desenterrarlo, dudo mucho que a usted se le haya escapado —dijo Vanesa, con un toque de burla.
—¿Cómo conociste a Carla? —continuó él, sin inmutarse por el sarcasmo.
—Fue una casualidad —respondió ella fríamente.

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