Ni siquiera le importó que Giselle siguiera al otro lado de la línea.
Vanesa, contagiada de su descaro, respondió con total naturalidad:
—A comprar un café.
—Dile al personal que lo suban —ordenó él sin rodeos.
—Esta tienda no tiene entrega a domicilio, hay que hacer fila —explicó ella con desgana.
Su interacción sonaba tan cotidiana como la de un matrimonio normal, mientras sus miradas se cruzaban en una batalla silenciosa.
—Termina tu llamada, haces demasiado ruido —le espetó ella sin filtros.
Fabio no soltó el agarre de su mano.
En su lugar, acercó el teléfono y le habló a Giselle con voz fría:
—Tengo cosas que hacer, hablamos luego.
—¡Fabio! —El grito histérico de Giselle resonó en el auricular.
Fue un chillido de auténtico terror.
—¿Estás con Vanesa? Lo está haciendo a propósito, quiere destruir lo nuestro. ¿Por qué te dejas seducir por ella? —La voz de Giselle se volvía cada vez más aguda y desquiciada—. ¡Esto es adulterio! ¡Me estás traicionando! Ella es la intrusa, es la esposa de Julián. ¡Esto va a terminar muy mal!
Pero por más que Giselle gritara, a Fabio parecía importarle un demonio.
Cortó la llamada y clavó sus ojos en Vanesa.
—¿De qué tienda es? —preguntó con calma.
—Café Siam.
Monterrey era una ciudad que siempre tenía alguna novedad de moda.
Y cuando un lugar abría, las multitudes enloquecían.
Además, a diferencia de Jalapa, los costos de envío en esa ciudad eran absurdamente caros.
Por lo que la mayoría prefería ir a comprar en persona.
Hacer fila era el pan de cada día.
—Te acompaño —dijo él sin más.
—Fabio, ¿tienes algún problema? ¿Por qué tienes que seguirme a todas partes? —Vanesa frunció el ceño, ya bastante harta de su actitud.
—Sí, tengo un problema —admitió él sin pestañear.
Parecía que, sin importar lo que ella dijera, él estaba dispuesto a darle la razón.
Vanesa ya no sabía ni cómo enojarse con él.
Decidió no gastar más saliva y salió de la suite.

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