En la cafetería del hotel, apenas había gente yendo o viniendo.
Esta vez, Giselle no fue directamente hacia Fabio, sino que corrió directo hacia Vanesa.
A diferencia de la Giselle elegante y altiva de antes, la actual parecía haber perdido por completo la razón.
La velocidad de Giselle fue tan sorprendente que no le dio tiempo a nadie de reaccionar. Solo Vanesa permaneció sentada, imperturbable, como si la presencia de la mujer no le importara en lo absoluto.
—¡Vanesa, eres la amante! —le gritó Giselle, enfurecida.
Toda su máscara de amabilidad y la tensión que había acumulado se desmoronaron en un instante.
Vanesa enarcó una ceja, observándola con indiferencia, sin mostrar el menor atisbo de alteración emocional.
—Ja, ¿de qué vas de santurrona? —Giselle había perdido por completo el control—. ¿No se supone que eres la esposa de Julián? No creas que no sé qué pasa con tu cara. ¿Qué? ¿Creíste que usando esa cara podrías escalar posiciones y sacar provecho de la familia Serrano?
Giselle ya estaba de pie frente a ella. Al ver el rostro de Vanesa, sintió un deseo incontrolable de destrozarlo por completo. Especialmente porque Vanesa se veía tan serena y radiante, lo que marcaba un fuerte contraste con su propio aspecto demacrado y desesperado.
—¡Eres una descarada! —chilló Giselle, abalanzándose sobre ella.
Para cuando Fabio reaccionó y corrió hacia ellas, Giselle ya había agarrado a Vanesa.
Sin embargo, Vanesa se mantuvo estoica en todo momento. En cuanto las manos de Giselle la tocaron, tomó el café que tenía en la mano y se lo derramó directamente sobre la cabeza.
Giselle quedó atónita. Jamás imaginó que Vanesa se atrevería a humillarla de esa manera.
—Señora Serrano, estamos en Monterrey. Aquí no tiene derecho a venir a hacer un escándalo frente a mí, ¿le queda claro? —dijo Vanesa, con el rostro inexpresivo.
Luego, esbozó una sonrisa cargada de burla.


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