¿Qué pretendía hacer Fabio?
Vanesa ni siquiera se atrevía a imaginarlo.
Se puso de pie de un salto.
La tranquilidad que le había costado tanto construir durante esas semanas se desmoronó en un segundo.
Durante todos esos años, había dado por muerto a Vicente.
Eran gemelos y siempre habían sido inseparables desde pequeños.
A pesar de que en su familia siempre preferían a los varones, eso jamás empañó el cariño que se tenían.
Si Vicente encontraba algo rico de comer o un juguete divertido, siempre pensaba en su hermana primero.
Como ella era menudita, cada vez que alguien intentaba molestarla, él era el primero en saltar a defenderla con uñas y dientes.
Años atrás, cuando sus padres se endeudaron por las apuestas y los cobradores fueron tras ellos, fue Vicente quien la escondió en un doble fondo bajo el suelo, entregándose a los asesinos para salvarla.
Ella logró sobrevivir, pero creyó que a su hermano lo habían matado a sangre fría.
Aún hoy, el eco de los gritos desgarradores de Vicente le helaba la sangre.
Aun en medio de esa tortura, él nunca delató el escondite de su hermana.
Después de casarse con Fabio, ella le había contado aquella tragedia, pero a él nunca le importó.
Claro, como no la amaba, ¿por qué le habría de importar lo que le pasara a su cuñado?
Entre lo horrible que había sido la escena y la falta de noticias durante tanto tiempo,
Vanesa había terminado por perder la esperanza.
Y ahora, de repente, lo veía en la pantalla del televisor.
Se le hizo un nudo en la garganta y sintió unas ganas incontenibles de salir corriendo para verlo con sus propios ojos, para tocarlo y asegurarse de que realmente estaba vivo.
Pero en el fondo, sabía perfectamente que no podía hacerlo.
Esa era la trampa macabra de Fabio para obligarla a salir de su escondite.
Ese pensamiento fue como un balde de agua fría que la devolvió a la realidad.
Entendió que lo único que su marido quería era al bebé que llevaba en el vientre; mientras ella se mantuviera oculta, Vicente estaría a salvo.
El ambiente era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.
La oficina de Fabio se había convertido en un territorio minado donde nadie se atrevía a entrar.
Hasta el asistente Medina había recibido su buena dosis de gritos, ni qué decir de los demás ejecutivos.
Incluso cuando Giselle fue a buscarlo, él la corrió de la peor manera: —¡Lárgate de aquí!
Ella se sobresaltó, y los ojos se le llenaron de lágrimas al instante: —Perdóname, no debí interrumpirte.
Dicho esto, se dio media vuelta dispuesta a salir huyendo.
Al darse cuenta de que era Giselle, Fabio soltó una maldición por lo bajo y la jaló del brazo para que no se fuera.
—Perdóname, he andado de un genio insoportable. No debí desquitarme contigo —se disculpó de inmediato.
—No pasa nada —respondió ella—. Sé lo angustiado que estás por Vanesa. Con su embarazo tan avanzado, desaparecer así de la nada... Pero dicen que no hay noticias, buenas noticias, ¿verdad?
Cada una de sus palabras parecía estar cargada de una empatía genuina, sin una pizca de malicia, como si compartiera el sufrimiento del hombre.
—Vanesa siempre ha sido una mujer tan dulce, seguro está cuidando mucho de su bebé. Solo está haciendo un berrinche por mi culpa. —Giselle dejó escapar un suspiro de pesadumbre—. Si yo no hubiera aparecido, ella no habría reaccionado así. Al final, solo te he traído problemas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ