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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 850

El doctor continuaba examinando a Vanesa con regularidad, y el diagnóstico siempre era el mismo.

Tenían que esperar a que el coágulo en su cabeza se disolviera por completo.

Con el paso del tiempo, Vanesa dejó de insistir tanto en el tema.

Pero al pasar tantos días en aquel lugar, no podía evitar preguntar de vez en cuando sobre cuándo regresarían a Jalapa.

Cada vez que ella sacaba el tema a relucir, la respuesta de Fabio era siempre la misma, corta y concisa.

—Cuando estés completamente estable —le decía, dándole a entender que su salud era lo único que le importaba.

Ante eso, Vanesa se quedaba sin argumentos para refutarle.

Sin embargo, cada vez que la miraba, los ojos de Fabio se nublaban con una intensidad sombría y compleja.

Físicamente, Vanesa ya estaba fuera de peligro desde hacía mucho tiempo.

Lo que Fabio estaba haciendo, en realidad, era esperar a que Julián Jiménez bajara la guardia.

Estaban en Monterrey, que era prácticamente el patio trasero de la familia Jiménez.

Había sido una proeza monumental haber sacado a Vanesa del hospital sin que nadie se diera cuenta.

Pero intentar sacarla de Monterrey a plena luz del día, bajo las narices de Julián, era otra historia.

Era un acto suicida.

Todas las rutas de escape, ya fueran por tierra, mar o aire, estaban plagadas de hombres al servicio de Julián.

Fabio no estaba dispuesto a arriesgarlo todo en una apuesta tan peligrosa.

Pero, por supuesto, no tenía ninguna intención de explicarle todo eso a Vanesa.

En el fondo, Fabio rezaba para que Vanesa nunca recuperara la memoria.

Su deseo más oscuro era usar esta amnesia para cortar de raíz cualquier vínculo que ella tuviera con la familia Jiménez.

Evidentemente, era un secreto que guardaría bajo llave.

Y así, inmersos en esa farsa, Fabio y Vanesa terminaron viviendo casi medio mes en aquel pueblo pesquero.

Durante ese tiempo, convivieron como cualquier matrimonio normal.

A excepción de un detalle: no compartían la misma cama.

Vanesa también notaba que algo andaba mal con eso.

No le molestaba la falta de intimidad física en sí.

Lo que le desconcertaba era su propia reacción emocional.

Sentía un rechazo visceral; una barrera invisible que la repelía cada vez que Fabio se acercaba demasiado.

Un rechazo hacia cualquier tipo de contacto íntimo, y lo peor era que no entendía de dónde provenía.

Se sentía perdida y confundida ante sus propios sentimientos.

Al final, la única justificación que encontró para sí misma...

Fue que, al estar ciega y sin recuerdos, se sentía vulnerable.

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