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El Karma romance Capítulo 1063

Las luces de las patrullas teñían de rojo y azul el pavimento mientras Pedro Fierro, Marcus y Alexander mantenían una conversación reservada a unos metros del resto. El oficial ajustó su postura antes de dirigirse a los dos hombres con tono profesional pero compasivo.

"Les recomiendo considerar apoyo psicológico para ella. Un evento así puede dejar cicatrices emocionales profundas si no se atiende adecuadamente," sugirió Pedro, su voz cargada de experiencia en casos similares.

Marcus asintió con gravedad. "Lo tendremos en cuenta. Y por favor, manténganos informados sobre cualquier avance en la investigación."

"Por supuesto, señor Sandell. Les notificaré personalmente de cualquier novedad."

Al regresar junto al auto, encontraron a Arlet sentada en el asiento trasero. Su mirada, aparentemente tranquila, ocultaba un mar turbulento de emociones contenidas.

"Papá, hermano, adelántense ustedes," pronunció con voz serena. "Necesito discutir algo con Maxi."

Alexander dedicó una mirada penetrante a Maxi, quien la sostuvo con impasible serenidad. La tensión entre ambos hombres era palpable en el aire nocturno.

Marcus posó una mano sobre el hombro de Maxi. "Cuida bien de mi hija," pronunció con la resignación de un padre que debe confiar en el criterio de su pequeña, por mucho que le inquiete verla partir en semejantes circunstancias.

"No se preocupe, señor. La protegeré con mi vida."

Cuando Maxi tomó su lugar tras el volante, Isabel se aproximó tambaleante a la ventanilla. Sus ojos, hinchados por el llanto, buscaron desesperadamente la mirada de Arlet.

"¿A dónde vas?" susurró con voz quebrada, el miedo al abandono trasluciendo en cada sílaba.

Arlet tomó su mano con delicadeza. Por un instante, aquella máscara de frialdad se agrietó, dejando entrever un destello de ternura. "Tranquila, ve con tu padre," musitó.

Isabel abrió la boca para protestar, pero las siguientes palabras de Arlet la silenciaron al instante.

"Por favor, hazme caso."

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Isabel. Aquella que tenía enfrente era y no era Arlet - como contemplar un reflejo distorsionado en aguas turbulentas.

"No." La sonrisa que se dibujó en el rostro de Arlet provocó que todos contuvieran el aliento. "Sería demasiado... simple. Protéjanlo. Manténganlo lejos de la policía. Que viva tranquilo por ahora - eso lo hace más... interesante, ¿no creen?"

Sus ojos, dos pozos insondables de determinación, recorrieron los rostros de los presentes.

"Los Dávila vendrán buscando respuestas. Asegúrense de que no lo encuentren," añadió con calculada suavidad.

"Sí, sí, por supuesto," se apresuró a asentir Rex, mientras una gota de sudor frío resbalaba por su sien.

"¿Algún problema?" preguntó Arlet, su sonrisa contradiciendo la amenaza velada en su mirada.

Rex negó con vehemencia. "Ninguno en absoluto."

Bajo el escrutinio implacable de Arlet, Rex finalmente comprendió la magnitud de lo que estaba por venir. "Me encargo personalmente," declaró, antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.

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