El motor del vehículo rugió con determinación mientras se alejaban del vecindario, dirigiéndose hacia una de las zonas más exclusivas de la ciudad. El distrito, conocido por su opulencia, se distinguía por sus impenetrables sistemas de seguridad y la absoluta discreción que ofrecía a sus residentes.
Con precisión milimétrica, Arlet estacionó el auto en un punto estratégicamente oculto de las cámaras de vigilancia. El maletero se abrió con un suave chasquido, revelando un maletín negro que contenía tres armas resplandecientes. Con movimientos fluidos y expertos, lanzó una hacia Maxi mientras equipaba las otras dos con silenciadores. Sus manos se movieron con destreza al distribuir varios cuchillos tácticos entre sus mangas y pantorrillas. A su lado, Maxi desplegó su propio arsenal con la eficiencia de quien conoce bien su oficio.
La tapa del maletero descendió con un golpe sordo. Sus miradas se encontraron, transmitiendo sin palabras el desafío que ardía en sus ojos.
"A ver quién puede más"
La pared perimetral se alzaba ante ellos como un primer obstáculo. Arlet, aplicando una técnica depurada, y Maxi, aprovechando su fortaleza natural, la superaron con una agilidad que desafiaba la gravedad. Sus siluetas se deslizaron entre las sombras como espectros, evadiendo el alcance de las cámaras mientras se aproximaban a su objetivo. La infiltración en el vecindario fue tan silenciosa como efectiva. Al detectar la red de sensores infrarrojos que protegía la mansión, Maxi extrajo un dispositivo que emitía un sutil destello metálico.
Con cuatro dedos en alto, Maxi indicó el breve lapso disponible para atravesar la primera barrera de seguridad.
Arlet respondió con un gesto afirmativo, su rostro sereno revelando absoluta concentración.
Un toque preciso, y los sensores quedaron neutralizados.
En el instante exacto en que la red infrarroja se disipó, sus cuerpos se proyectaron hacia la mansión, adhiriéndose a la pared bajo una ventana. Utilizando pequeños espejos, analizaron el interior de la residencia.
Con movimientos calculados, Arlet extrajo un diminuto dispositivo de su bolsillo. Lo deslizó sobre el cristal, trazando una línea perfecta que separó el panel. Sus dedos controlaron con maestría el peso del vidrio, atrapándolo sin producir el menor sonido. Su mano se deslizó por la abertura, encontrando el mecanismo de la cerradura.
"Clic..." El susurro metálico de la puerta al abrirse apenas perturbó el silencio nocturno.
La operación desde su entrada al vecindario hasta su infiltración en la mansión había tomado menos de cinco minutos.
En el aparente vacío del lugar, agudizaron sus sentidos para detectar las presencias que se movían en el pasillo.
"Dos míos, uno tuyo", señaló Maxi con gestos precisos, recibiendo la silenciosa aprobación de Arlet.
La puerta se abrió y atacaron con la velocidad de una cobra. Los tres hombres en la habitación sucumbieron antes de comprender que la muerte los había alcanzado.

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