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El Karma romance Capítulo 1168

La inquietud se reflejaba en cada rostro mientras Erik, con un leve temblor en la voz, revelaba el secreto de aquella máquina. Sus palabras cayeron como piedras en un estanque quieto, perturbando la calma aparente del momento.

"Este aparato puede explorar los recuerdos de Arlet, pero si algo sale mal, la persona quedaría en estado vegetal."

"¿Qué estás diciendo?" Marcus e Ingrid intercambiaron miradas de asombro y preocupación. La revelación sacudió sus cimientos, transformando su esperanza en temor.

El asombro inicial dio paso a una oleada de inquietud. La máquina, con su diseño futurista y complejo, parecía extraída de una pesadilla tecnológica. Sus luces parpadeantes y superficies metálicas reflejaban las expresiones angustiadas de todos los presentes.

"No podemos permitir algo así", declaró Ingrid, su voz teñida de angustia maternal.

"Es demasiado arriesgado", añadió Marcus, apoyando firmemente a su esposa.

Alexander contempló a su familia, consciente del peso de cada palabra que estaba por pronunciar. "En este momento, es la única opción viable que tenemos."

"Oye, podrías probar con otros tratamientos", sugirió Erik, gesticulando con las manos mientras hablaba. "No sé, terapias mentales, ondas cerebrales, lo que sea para personas en coma."

"Te equivocas", respondió Alexander, manteniendo un tono sereno pero firme. "Esos procedimientos serían más peligrosos. Arli no está en coma. Su situación es diferente: es como si estuviera sumida en un sueño profundo. Sus signos vitales son normales, como alguien que simplemente necesita descansar."

El silencio que siguió pesaba tanto como la decisión que debían tomar. La autoridad de Alexander en el tema era innegable; nadie conocía mejor que él la condición de su hermana.

"¿De verdad no existe otra alternativa?"

Las miradas expectantes de su familia atravesaron a Alexander como dardos, y por primera vez, sintió el peso aplastante de su propia impotencia. La culpa por no ser suficiente amenazaba con consumirlo. Solo pudo responder con un movimiento casi imperceptible de cabeza.

"Esperemos un poco más", suplicó Ingrid, aferrándose a la última brizna de esperanza. "Tal vez mañana Arlet despierte por sí misma."

Nadie se atrevió a contradecirla.

Las siguientes veinticuatro horas se convirtieron en una vigilia interminable. Ingrid permaneció junto al lecho de su hija, susurrando su nombre con dulzura, rogando por un milagro que se negaba a llegar.

La realidad se impuso con cada minuto transcurrido, cada segundo aumentando el riesgo para Arlet. Con una probabilidad del cincuenta por ciento y sin más opciones disponibles, la resignación finalmente se apoderó de todos.

Mientras preparaban a Arlet para el procedimiento, surgió una nueva discusión sobre quién sería el receptor en el otro dispositivo.

"Yo me ofrezco", declaró Maxi sin titubear.

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