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El Karma romance Capítulo 1180

Las sombras se desvanecían bajo el resplandor del mediodía cuando Alexander y Maxi emergieron de la casa. El aire vibraba con el calor del verano, mientras la brisa mecía suavemente las copas de los árboles. La luz del sol acariciaba sus rostros, disipando gradualmente la pesada atmósfera que los había envuelto durante los últimos días.

Alexander permanecía absorto en sus pensamientos, debatiéndose entre el presente y los ecos de un pasado que solo él conocía. Sus acciones recientes habían sido impulsadas por una mezcla de sentimientos: la necesidad de venganza por su hermana, el peso de la culpa por su impotencia en otra vida, y el férreo deseo de proteger lo que ahora consideraba sagrado.

"Maxi," su voz resonó con una mezcla de advertencia y súplica. "Si no estás dispuesto a amarla incondicionalmente, a estar ahí para ella sin reservas, déjala ir. Ella merece más que promesas efímeras o un amor a medias."

La brisa arrastraba el aroma de los pinos mientras Maxi contemplaba la ciudad que se extendía a sus pies, un tapiz de edificios y calles que brillaban bajo el sol de la mañana.

"Si ella permanece a mi lado, aquí estaré. Y si decide irse, seguiré esperándola."

"No olvides tus palabras, Maxi."

Alexander comenzó su descenso por la ladera, dejando a Maxi sumido en sus reflexiones. La silueta de Alexander se fue empequeñeciendo mientras avanzaba por el sendero serpenteante.

Maxi permaneció inmóvil, su mirada perdida en el horizonte. La transformación de Alexander era un enigma que intrigaba no solo a él, sino a toda la familia Sandell. ¿Qué acontecimientos habían convertido a aquel joven aristocrático, aparentemente despreocupado, en el hombre que ahora velaba por Arlet con una devoción casi obsesiva? ¿Qué secreto ocultaba aquella mirada melancólica que a veces ensombrecía su rostro?

Jesper y Erik Sandell también habían notado el cambio, y sin cuestionar los motivos, siguieron su ejemplo, redoblando sus atenciones hacia ella.

...

El campus universitario resplandecía bajo el sol del verano. Las risas y conversaciones animadas flotaban en el aire mientras los graduados, ataviados con sus togas negras, se congregaban para la ceremonia. Era el día que marcaba el fin de una etapa y el comienzo de otra, el momento en que los sueños juveniles comenzaban su metamorfosis hacia la realidad adulta.

"¡Ven al centro, Arlet!" exclamaron sus compañeros entre risas, empujándola suavemente hacia el medio del grupo. Como la figura emblemática de la facultad, su presencia era indispensable en la foto grupal.

"¿Está dulce la sandía?" preguntó el fotógrafo, ajustando su cámara.

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